Javier Fernández: " El Estado del bienestar es el rompeolas de la crisis, el patrimonio de los que no tienen patrimonio y el patrimonio político de los socialistas"

Intervención del presidente de la Gestora, Javier Fernández, en la inauguración del Foro Económico. España 2020: Una economía sostenible social y ambientalmente

 

Madrid, 25 de febrero de 2017.- El presidente de la Comisión gestora del PSOE, Javier Fernández, ha inaugurado esta mañana, en Madrid, el foro económico ‘España 2020: una economía sostenible social y ambientalmente’, cuyas conclusiones formarán parte de la Ponencia Marco que los socialistas debatirán y aprobarán en su 39 Congreso del mes de junio.

 

A continuación, reproducimos el discurso de Javier Fernández:

 

Gracias Sara, gracias compañeros y compañeras por vuestro apoyo, vuestro afecto, vuestro calor, y , sobre todo, gracias por estar hoy aquí para debatir sobre cuestiones clave, que tiene que ver con la economía, que van a estar en el corazón de lo que será nuestra Ponencia de cara al Congreso. Además, son cuestiones que se fundan y se basan en un puñado de ideas. En realidad, en cuatro o cinco ideas.

 

La primera es que toda política económica tiene un objetivo social, participa de un modelo de sociedad. No es una cuestión técnica, no es la mera aplicación de un principio de gestión.

 

La segunda, y relacionada con ella, es que los asuntos económicos sobre los que decidimos son complejos, son difíciles, son controvertidos, y por eso necesitamos  los informes de los técnicos, de los especialistas, de los expertos. Pero no para unir acríticamente ese conocimiento experto, sino para hacernos un juicio propio, porque nuestra decisión, la nuestra, es política y, por tanto, autónoma y nuestra responsabilidad es también política y por lo mismo es indelegable.

 

La tercera es que la España que sale de la crisis es distinta a la que hace unos años entró en ella y que no hay ningún determinismo histórico, ninguna ley natural, ningún destino manifiesto que nos diga, y mucho menos que nos asegure, que el futuro va a transitar por un territorio de progreso político y social.

 

La cuarta es que creemos en la superioridad ética, económica y cultural de la socialdemocracia. Que creemos también en su reformulación y que queremos hacer un discurso que vaya más allá del que esperan los convencidos, del que espera el corazón de los votantes más fervorosos.

 

Y la quinta es que sigue vigente aquel lema, la divisa de Bad Godesberg: tanto mercado como sea preciso, tanto Estado como sea necesario. Tanto mercado como sea preciso, sí, porque pensar, razonar económicamente no es conspirar socialmente, pero sabiendo que los mercados son una curva de oferta y otra de demanda que se cruzan en un papel y dan el precio. Son instituciones humanas, son construcciones históricas, son disposiciones psicológicas, son convenciones sociales, son estados de opinión. Tanto mercado como sea preciso, sí, porque la eficiencia y la competencia económica es previa a la justicia social, pero que sepan que no creemos en la autorregulación de los mercados, como si fuera el cauce de una nueva superstición y que no aceptamos la globalización y el capitalismo sin trabas como si se tratara de una ley natural. Mercados sí, pero sabiendo que en economía no todo es calculable, que el sufrimiento, la angustia, la incertidumbre  y el miedo no son calculables y que lo económico no puede estar al margen, no puede abstraerse de la realidad política y social.

 

Mercado sí y Estado todo aquel que necesitemos. Pero Estado, ¿para qué? Estado para arbitrar entre la libertad económica y la regulación pública. Estado para prevenir los riesgos de la innovación financiera. Estado para iluminar esa cara oscura de la economía, esa tendencia cíclica suya a caer en un comportamiento antisocial. Estado para cerrar el círculo virtuoso de crecimiento y redistribución. Y Estado para buscar la igualdad. Pero la igualdad, no el igualitarismo. La igualdad radical de partida y el apoyo, la protección, la seguridad para todos aquellos hombres y mujeres que por avatares de la vida no puedan llegar.

 

Así que, compañeros y compañeras, yo quiero felicitaros hoy, porque estoy seguro de que trabajáis pensando que son asuntos complejos y que las soluciones que propongáis van a ser también complejas, que no hay soluciones fáciles para asuntos difíciles y que no vamos a hacer esas grandes promesas que se consiguen sin ningún sacrificio, porque eso es lo que hace que nuestras propuestas sean ciertas, serias, que sean verdad. Y tal verdad es lo que nos tiene que dar credibilidad económica y la credibilidad económica de hoy es la que mañana nos dará credibilidad gubernamental.

 

Fijaos, nos equivocaríamos si planteáramos soluciones fáciles, sencillas, milagrosas, inmediatas. Nos equivocaríamos porque sería como mirar sin ver la realidad. La realidad de que la deslocalización económica es también la deslocalización del poder. De que, mientras la economía piensa en global, la política piensa en estatal y que el Estado no es ahora la única instancia de poder. Quizá la primera pregunta sea: ¿dónde habita, donde reside hoy el poder?, ¿cómo podemos hacer para sentar a ese poder de nuevo en la mesa de los acuerdos, de los conciertos, de los pactos para renovar el contrato social?, y ¿a qué escala lo vamos a hacer?, ¿a la europea, a la estatal, a la local? Y si el Estado no lo hace, entonces ¿quién lo hará?, porque nadie está coordinando la unificación del mercado mundial y la autonomía de la política depende de nuestra capacidad para, desde estancias supranacionales, embridar fuerzas económicas y financieras que operan sin ninguna restricción en un mercado global. Porque hay cosas que ya no podemos hacer desde un solo país, pero eso no puede ser excusa para que la política se cruce de brazos y abandone, o para levantar muros, o para cerrar fronteras. Porque cerrando fronteras tenemos más libertad, pero ¿sobre cuántas cosas?

 

Cuando yo era joven recuerdo que los vagones de los trenes de RENFE tenían un letrero que decía Es peligroso asomarse al exterior y antes en los trenes de madera de mi niñez había otros que decían Prohibido escupir en el suelo. Eran otros tiempos, hace mucho que nadie escupe en el suelo y hoy es necesario, imprescindible asomarse al exterior. Asomarse para competir en los mercados de bienes y servicios, pero también para mirar, para pensar, para comparar. Pensar por qué otros países tienen los salarios más altos y el paso más bajo. Por qué España derrocha sus recursos con millones de hombres y mujeres que quieren y no pueden trabajar y los que trabajan tienen una menor productividad que en otros países. Por qué en la fase alcista del ciclo tenemos más paro y en las depresiones hay más destrucción de empleo, los salarios reales bajan más, la productividad sube menos y hay más discriminación entre colectivos.

 

Esas cosas las tenemos que reflexionar, porque, efectivamente, hay cosas que no podemos hacer solos en este país, pero en la educación, en el mercado laboral, en la planificación de infraestructuras, en el modelo energético, o en el sistema fiscal, el poder no nos ha sido arrebatado a los políticos por la globalización. Sobre todo, en la educación. Educar es enseñar, enseñar a entender, a comprender el mundo, pero es también adaptarse y hacer saber competir en él. Y la pregunta es cómo se puede saber qué sistema educativo se quiere impulsar si no se sabe qué modelo productivo se quiere implantar. Y hasta ahora estamos jugando a nada. Lo que hacemos es como jugar a nada.

 

Nosotros queremos un modelo, sí, un modelo productivo, un modelo de crecimiento que sea más flexible, más moderno, con más componente tecnológico, con más calidad ambiental, más sostenible, pero no decimos que eso se haga como en una de esas máquinas expendedoras en las que se mete una moneda y se saca una botella, porque los asuntos de los que nos ocupamos, los asuntos políticos, no tienen una única temporalidad y en este precisamente hay que conjugar bien el corto, el medio y el largo plazo. Hay asuntos que son de muy largo plazo, por ejemplo los residuos nucleares o el calentamiento global o las mismas pensiones, son asuntos del futuro que ahora irrumpen en la política del presente.

 

Pero si hablamos del modelo energético, tenemos que pensar que iremos a una mayor calidad, teniendo en cuenta también un precio asequible de la energía y la seguridad de suministro; sabiendo que España no tiene más fuentes energéticas autóctonas que el sol, el agua, el viento, la biomasa y el carbón nacional. Y cuando pensamos en el sistema eléctrico, recordemos que necesitamos potencia firme, que no es tan fácil referir que vamos a eliminar en el corto plazo combustibles como el carbón o el gas, hay que esperar un plazo también porque necesitamos potencia firme que sea gestionable, sencillamente porque las otras (la lluvia, el viento, el sol, la meteorología…) todavía no las sabemos gestionar.

 

Igual podemos hablar del mercado de trabajo. Nadie impuso a Rajoy su reforma laboral. En ninguna parte de Europa se endosó a los trabajadores la crisis en forma de destrucción de empleo, de despidos o de discrecionalidad de los empresarios. Fue una decisión autónoma del Gobierno de España la que introdujo incertidumbre en las relaciones laborales, abarató el precio del trabajo envileció el precio del despido, terminó con la prórroga automática de los convenios y eliminó cualquier atisbo de equilibrio de poder en el seno de la empresa.

 

Y estoy hablando de un asunto que, junto con el fiscal, es el más ideológico entre los económicos. La política fiscal. Sí es verdad que hay una cierta competencia en materia de Sociedades y también que a veces hay una gestión extraterritorial de fortunas que deberíamos considerar, porque hablamos mucho del intento de secesión territorial y poco de una secesión fiscal que ya está ocurriendo.

 

Pero más allá de eso, es el Gobierno, es el Estado quien decide la carga tributaria. Él decide cuánto de paga, cómo se paga, sobre qué se paga, quién lo paga, cuál es el límite de la progresividad, dónde vamos a hacer las deducciones, si en la cuota o en la base, a quién benefician, cómo se discriminan las rentas del trabajo, del capital, del patrimonio, de las herencias…

 

Por cierto, recordad que España hoy está a la cabeza de Europa en piratería intelectual y en indulgencia hacia los defraudadores. Y eso habla, y habla muy claro, del desguace de nuestra cultura ciudadana. Y de la necesidad de generar en la escuela misma, una conciencia pública contra el fraude, la evasión y la economía sumergida. Porque si hay un país que necesita incorporar a su acervo cultural y hasta emocional, que el cumplimiento de las obligaciones fiscales es una condición, una obligación básica de ciudadanía, ese es este país.

 

Así que, hay cosas que efectivamente podemos hacer. Y son esas cosas, las que se hacen desde el país, las que le dan esa imagen de marca de país. Porque ¿qué es esa imagen de marca que está hecha de intangibles, de valores, de realidades, de circunstancias, que hacen a  sus empresas caminar con paso firme por los mercados mundiales, vendiendo sus mercancías mejor que las del vecino o endeudándose a un precio más bajo? Pues todo eso tiene que  ver con gobiernos sensatos, serios, con la estabilidad de las instituciones, con una justicia rápida y fiable, con una seguridad jurídica a todo riesgo, con una administración que funcione como un reloj, con una educación envidiable, con una alta cualificación de los recursos humanos y con unos políticos alejados del populismo, la demagogia y la simplificación. Esos son los materiales con los que se construye –y con alguno más- la imagen de marca de un país.

 

Y hay cosas que no podemos hacer como españoles, pero que podríamos y deberíamos hacer como europeos. La pregunta es ¿qué es hoy ser europeo? ¿Soy europeo rechazando esta Europa, o apoyándola, o cambiándola? El euro pretendía la europeización del debate económico europeo y ahora está más nacionalizado que nunca, porque la crisis puso de manifiesta la debilidad de una moneda única con dieciocho sistemas fiscales y la inexistencia de una auténtica herramienta fiscal. Y puso de manifiesto que no hay una gobernanza económica, sino unos instrumentos de carácter multilateral que controlan ciertos equilibrios que están alejados, al margen de cualquier lógica federal. Y que las decisiones económicas que se tomaban, no es que no fueran políticas, de demanda, políticas keynesianas; no es que fuera una renuncia a políticas socialdemócratas, es que era una renuncia a cualquier política, a cualquier espacio público, a cualquier estado de derecho capaz de interferir en la libertad de los mercados en nombre de los ciudadanos.

 

Los socialistas queremos la unión económica y monetaria, y la unión política y social, aunque me equivoco diciéndolo así porque en realidad hablo de una cosa y no de dos. Quizá la mejor manera de explicarlo es como lo plantea Rodrick con su trilema, que conocéis, sustituyendo Globalización por Europeización; en los otros dos vértices están Democracia y Estado-Nación, y solo se pueden tomar de dos en dos. Rodrick escoge el binomio Europeización y democracia en detrimento, en perjuicio del Estado-Nación, y nosotros también. Los socialistas españoles también, porque los estados nación, los how loss que persiguieron a Europa, no pueden ser ahora los apóstoles que la construyan.

 

Compañeros y compañeras, termino ya.

 

Y termino agradeciéndoos a todos vosotros, a ti José Carlos (Díez) que personificas los trabajos que hoy se van a realizar, esos debates, esa seriedad a la que antes aludía. Esa idea de la realidad. Porque ahora, más que las ideologías, más que los imaginarios y las entelequias o sueños, en el espacio público lo que de verdad diferencia hoy es la idea que cada fuerza política tenga de la realidad. Y nosotros los socialistas españoles tenemos una idea de la realidad mejor, porque sabemos que no hay relación entre crecimiento e igualdad, ni entre mercado y Estado, ni entre finanzas y economía productiva, por mucho que  se hable de este capitalismo utópico de la curva de Laffer, que parece que es la última ilusión moderna.

 

No, por mucho que lo digan, los mercados no se crean solos, no se regulan solos, no se estabilizan solos, no se legitiman solos. Y lo único que igual existe, lo sabéis -en la democracia-, lo único que intermedia entre el individuo aislado y el poder político omnímodo, es el Estado regulador y de bienestar. Es lo único que media entre el ciudadano y las impredecibles fuerzas económicas. Y hablo de eso, de Estado de Bienestar, que no lo construimos solo los socialistas o aquello más cercano al obrero, también las clases medias ayudaron, fueron imprescindibles para legitimarlo, para sostenerlo, para financiarlo, y ahora las que necesitamos también para preservarlo y para mejorarlo. Porque el Estado de Bienestar es el rompeolas de todas las crisis, es el patrimonio de los que no tienen patrimonio y es el patrimonio político de los socialistas.

 

Muchas gracias, compañeros y compañeras.