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29 Agosto 08
DISCURSO DE BARACK OBAMA
CONVENCIÓN EL PARTIDO DEMÓCRATA
DENVER, 28 DE AGOSTO DE 2008
Querido Presidente Dean, querido amigo Dick Durbin, conciudadanos de esta gran nación.
Con profunda gratitud y gran humildad, acepto vuestra nominación para la Presidencia de Estados Unidos.
Permitidme expresar mi agradecimiento al elenco histórico de candidatos que me ha acompañado en este recorrido y especialmente a la que ha llegado más lejos, un modelo para los trabajadores de Estados Unidos y una inspiración para mis hijas y las vuestras: Hillary Rodham Clinton. Al Presidente Clinton, quien anoche defendió el cambio como sólo él sabe hacerlo; a Ted Kennedy, que representa el espíritu del servicio, y al próximo vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, Gracias. Doy gracias por concluir este viaje con uno de los estadistas de mayor altura de nuestro tiempo, un hombre que se encuentra a gusto con todo el mundo, desde los líderes mundiales hasta los conductores del ferrocarril que sigue tomando para regresar a casa todas las noches.
Al amor de mi vida, nuestra próxima Primera Dama, Michelle Obama, y a Sasha y Malia, os quiero tanto y estoy orgulloso de vosotras.
Hace cuatro años me presenté ante vosotros y os conté mi historia, la breve unión entre un joven de Kenia y una joven de Kansas que no eran ni ricos ni conocidos, pero que compartían su fe en que, en Estados Unidos, su hijo podría lograr todo aquello que se propusiera.
Esa es la promesa que siempre ha diferenciado a este país donde, con trabajo tenaz y sacrificio, todos podemos conseguir nuestros sueños individuales y seguir unidos como una familia norteamericana, para garantizar que las generaciones venideras también puedan alcanzar sus sueños.
Por eso estoy aquí esta noche. Porque durante 232 años, cada vez que esa promesa se ha visto en peligro, los hombres y mujeres corrientes –estudiantes y soldados, agricultores y maestros, enfermeras y conserjes- encontraron el coraje para mantenerla viva.
Nos encontramos en uno de esos momentos decisivos, un momento en el que nuestra nación está en guerra, nuestra economía se debate en la confusión y la promesa de nuestro país se ha visto una vez más amenazada.
Esta noche, más ciudadanos de Estados Unidos están en paro y hay más norteamericanos trabajando más por un salario menor. Entre vosotros, hay más que han perdido sus casas e incluso más sois testigos de cómo el valor de vuestra vivienda cae en picado. Sois cada vez más los que tenéis coches que no os podéis permitir, cuentas de tarjetas de crédito que no podéis pagar y gastos educativos por encima de vuestras posibilidades.
No todos estos problemas se deben a la política del Gobierno. Pero la falta de respuesta es el resultado directo de los políticos incompetentes en Washington y de las políticas equivocadas de George W. Bush.
Estados Unidos, somos mejores de lo que han sido estos últimos ocho años. Somos un país mejor que éste.
Este país es más decente que aquél donde una mujer en Ohio, a punto de jubilarse, se encuentra al borde del desastre, debido a una enfermedad, tras una vida entera de arduo trabajo.
Este país es más generoso que aquél donde un hombre en Indiana embala la maquinaria con la que lleva trabajado desde hace 20 años y la ve salir hacia China, y se le hace un nudo en la garganta al explicar lo fracasado que se sentía cuando fue a casa a contar la situación a su familia.
Somos más compasivos que un Gobierno que permite que sus veteranos duerman en las calles y que las familias se vean abocadas a la pobreza; que se cruza de brazos cuando una de sus ciudades más importantes se sumerge en las aguas ante sus propios ojos.
Esta noche, le digo a los ciudadanos de Estados Unidos, a los Demócratas y Republicanos y a los independientes de esta gran nación: ¡basta! Este momento, estas elecciones, constituyen nuestra oportunidad para mantener viva la promesa americana en el siglo XXI. Porque la próxima semana, en Minnesota, el mismo partido que ha gobernado durante dos mandatos de George Bush y Dick Cheney, pedirá a este país gobernar un tercero. Y nosotros estamos aquí porque amamos demasiado a este país para que los próximos cuatro años sean como los ocho últimos. El 4 de noviembre, debemos levantarnos y decir: “Con ocho basta.”
No dejemos lugar a la duda. El candidato republicano, John McCain, ha lucido el uniforme de nuestro país con valor y distinción, y por ello es digno de nuestra gratitud y respeto. Y la próxima semana, también oiremos hablar sobre las ocasiones en las que se ha distanciado de su partido como prueba de que él puede ofrecer el cambio que necesitamos.
Pero la evidencia es clara: John McCain ha votado por George Bush el 90% de las veces. Al senador McCain le gusta hablar de criterio, pero realmente ¿cómo se puede valorar ese criterio cuando crees que George Bush ha tenido razón más de un 90% de las veces? No sé vosotros, pero no, yo no estoy dispuesto a jugarme el cambio a un 10%.
La verdad es que, en cada tema que podría suponer una diferencia en vuestras vidas, atención sanitaria, educación y economía, el Senador MacCain ha sido todo menos independiente. Dijo que nuestra economía había experimentado un “gran progreso” con este presidente. Dijo que los fundamentos de la economía son sólidos Y cuando uno de sus principales asesores –el hombre que elaboró su plan económico- habló sobre la ansiedad que los estadounidenses están sufriendo, dijo que tan sólo padecían de una “recesión mental” y que nos habíamos convertido, y cito textualmente, "en una nación de quejicas”.
¿Una nación de quejicas? Dígales eso a los orgullosos trabajadores del sector del automóvil en una fábrica de Michigan quienes, tras conocer que iba a cerrar, siguieron yendo todos los días y trabajando más que nunca, porque sabían que había gente que contaba con los frenos que fabricaban. Dígales eso a las familias de los militares que se enfrentan a sus problemas en silencio mientras ven a sus seres queridos alejarse hacia su tercer, cuarto o quinto turno de servicio. No son quejicas. Trabajan tenazmente y siguen en la brecha sin quejarse. Estos son los estadounidenses que yo conozco.
Ahora bien, no creo que al Senador McCain no le importe lo que está pasando en las vidas de los estadounidenses. Creo que simplemente no lo sabe. ¿Por qué otro motivo habría identificado entonces a la clase media como alguien que gana menos de 5 millones de dólares al año? ¿Por qué si no habría propuesto cientos de miles de millones de dólares para exenciones fiscales para las grandes empresas y compañías petrolíferas, pero ni un sólo penique de beneficios fiscales para los más de 100 millones de ciudadanos estadounidenses? ¿Cómo si no podría ofrecer un plan de atención sanitaria que en realidad fiscalizaría los beneficios de los ciudadanos, o un plan de educación que no ayudaría en forma alguna a las familias a pagar los colegios, o un plan para la privatización de la Seguridad Social que pondría en riesgo vuestra jubilación?
No es porque a John McCain no le importe. Es por que a John McCain se le escapa.
Durante más de dos décadas se ha mantenido fiel a la trasnochada y desacreditada filosofía republicana: dar más y más a aquellos que más tienen y esperar a que la prosperidad impregne a todos los demás. En Washington, a esto lo llaman la Sociedad de la Propiedad, pero lo que significa en realidad es que estamos solos. ¿En paro? Mala suerte. ¿Sin atención sanitaria? El mercado se ocupará de ello. ¿Nacido en la pobreza? Defiéndete con uñas y dientes, aunque te quedes sin ambos. Estás solo.
Ya es hora de que reconozcan su error. Ya es hora de que cambiemos Estados Unidos.
Como veis, los Demócratas tenemos una opinión muy diferente de lo que constituye el progreso en este país.
Nosotros medimos el progreso en función de cuántas personas encuentran un trabajo con el que pagar la hipoteca; en función de si puedes ahorrar algo de dinero extra al final de cada mes para que un día puedas ver cómo tus hijos obtienen un título universitario. Medimos el progreso en los 23 millones de nuevos puestos de trabajo que se crearon cuando Bill Clinton era presidente, cuando la familia estadounidense media vio cómo sus ingresos aumentaban en 7.500 dólares en lugar de perder 2.000 como ha sucedido con George Bush.
Medimos la fortaleza de nuestra economía no por el número de multimillonarios o los beneficios de los que aparecen en la lista de Fortune 500, sino por que alguien con buenas ideas pueda arriesgarse y emprender un nuevo negocio, o por que la camarera que vive de las propinas pueda tomarse un día libre para cuidar a su hijo enfermo sin perder su trabajo, una economía que honra la dignidad del trabajo.
Los fundamentos en los que nos basamos para medir la fortaleza de la economía son si estamos a la altura de esa promesa fundamental que ha hecho grande a este país, una promesa que es la única razón por la que estoy aquí esta noche.
Porque en los rostros de los jóvenes veteranos que regresan de Irak y de Afganistán veo reflejado a mi abuelo, que se alistó después de Pearl Harbor, desfiló en el ejército de Patton y fue recompensado por una nación agradecida con la oportunidad de asistir al colegio al amparo de la Ley de personal militar.
Cuando veo la cara del joven estudiante que sólo duerme tres horas antes de trabajar en el turno de noche pienso en mi madre, que nos sacó adelante sola a mi hermana y a mí mientras trabajaba y sacaba su título; quien una vez recurrió a los cupones de alimentos pero aún así pudo mandarnos a los mejores colegios del país con la ayuda de los créditos para estudiantes y las becas.
Cuando escucho a otro trabajador que me cuenta que su fábrica ha cerrado, recuerdo a todos aquellos hombres y mujeres del Sur de Chicago junto a quienes estuve y por los que luché hace dos décadas cuando cerró la fábrica de acero local.
Y cuando oigo a una mujer hablar sobre las dificultades de emprender su propio negocio, pienso en mi abuela, que se abrió camino desde su puesto de secretaria hasta la dirección intermedia, a pesar de los años de denegación de ascensos por ser una mujer. Ella me enseño a trabajar duro. Renunciaba a comprarse un coche nuevo o un vestido nuevo para que yo pudiera tener una vida mejor. Me transmitió todo lo que llevaba dentro. Y aunque ya no puede viajar, sé que me está viendo esta noche, y que esta noche también es su noche.
No sé que tipo de vida cree John McCain que llevan los famosos, pero ésta ha sido la mía. Estos son mis héroes. Estas son las historias con las que me formé. Y por ellas voy a ganar estas elecciones y a mantener viva nuestra promesa como presidente de Estados Unidos.
¿Cuál es esa promesa?
Es una promesa que dice que cada uno de nosotros es libre para llevar la vida que quiera, pero que también tenemos la obligación de tratar a los demás con dignidad y respeto.
Es una promesa que dice que el mercado debería recompensar la iniciativa y la innovación y generar crecimiento, pero que las empresas deberían estar a la altura de sus responsabilidades para crear puestos de trabajo para los estadounidenses, cuidar a sus trabajadores estadounidenses y respetar las reglas del juego.
La nuestra es una promesa que dice que el Gobierno no puede resolver todos nuestros problemas, pero que debería hacer aquello que nosotros no podemos por nosotros mismos: protegernos ante el daño y ofrecer a cada niño una educación decente, mantener el agua limpia y los juguetes seguros, invertir en nuevas escuelas y nuevas carreteras y en la innovación científica y tecnológica.
Nuestro Gobierno debe trabajar para nosotros, no en contra nuestra. Debe ayudarnos, no herirnos. Debe garantizar las oportunidades no sólo para aquellos que tienen más dinero e influencia, sino para cada ciudadano de Estados Unidos que quiera trabajar.
Esa es la promesa de América: la idea de que somos responsables de nosotros mismos, pero que también nos levantamos y caemos como una nación; la creencia fundamental es que yo soy el guardián de mi hermano, soy el guardián de mi hermana.
Esa es la promesa que debemos mantener. Ese es el cambio que necesitamos ahora mismo. Así que permitidme que entre en detalles de lo que significaría exactamente ese cambio cuando sea presidente.
El cambio significa una ley fiscal que no recompense a los grupos de presión que lo redactaron, sino a los trabajadores estadounidenses y a las pequeñas empresas que lo merezcan.
A diferencia de John McCain, no seguiré concediendo exenciones fiscales a empresas que contratan a trabajadores en el extranjero, empezaré a concederlas a compañías que creen buenos puestos de trabajo aquí en Estados Unidos.
Eliminaré los impuestos sobre beneficios para las pequeñas empresas y las recientemente constituidas que crearán los trabajos bien remunerados, de alta tecnología para el futuro.
Reduciré los impuestos, reduciré los impuestos, en un 95% para todas las familias trabajadoras. Porque en una economía como ésta, lo último que debe hacerse es subir los impuestos a la clase media.
Y en aras de nuestra economía, nuestra seguridad y el futuro de nuestro planeta, como Presidente estableceré un claro objetivo: en 10 años, pondremos fin definitivamente a nuestra dependencia del petróleo de Oriente Medio.
Washington ha estado hablando de nuestra adicción al petróleo durante los últimos 30 años, 26 de los cuales John McCain ha estado ahí. Durante ese tiempo, él se ha opuesto a establecer niveles más elevados de eficiencia energética para vehículos, se ha opuesto a las inversiones en energía renovable, se ha opuesto a los combustibles renovables. Y en la actualidad importamos el triple de petróleo que cuando el Senador McCain asumió su cargo.
Es el momento de acabar con esta adicción y de entender que la extracción es una medida que tapa un agujero, no una solución a largo plazo. Ni mucho menos.
Como Presidente, explotaré las reservas de gas natural de nuestro país, invertiré en tecnología de carbón limpio y buscaré formas para aprovechar la energía nuclear de forma segura. Ayudaré a nuestras empresas de automoción a renovar sus herramientas, para que los vehículos de combustible eficiente del futuro se fabriquen aquí, en Estados Unidos. Haré que los estadounidenses puedan permitirse comprar estos vehículos. Invertiré 150.000 millones de dólares en la próxima década en fuentes de energía renovables asequibles, energía eólica y energía solar y en la nueva generación de biocarburantes, una inversión que generará nuevas industrias y 5 millones de nuevos puestos de trabajo bien remunerados y que no podrán contratarse fuera.
Estados Unidos, no es momento para los pequeños planes.
Es el momento de cumplir finalmente nuestra obligación moral de ofrecer a cada niño una educación de primera clase, porque sólo así podrán competir en la economía global. Michelle y yo estamos aquí esta noche sólo porque tuvimos de recibir una educación. Y yo no me contentaré con un país donde a los niños no se les dé esa oportunidad. Invertiré en la educación de los niños pequeños. Reclutaré un ejército de nuevos maestros, les pagaré más y les daré más apoyo. A su vez, les exigiré más nivel y más responsabilidad. Mantendremos nuestra promesa con cada joven estadounidense: si te comprometes a servir a tu comunidad o a tu país, nos aseguraremos de que puedas acceder a una educación universitaria.
Es el momento de mantener finalmente la promesa de una atención sanitaria asequible y accesible para cada ciudadano de Estados Unidos. Si ya tienes un seguro médico, mi plan reducirá las primas. En caso contrario, podrás tener el mismo tipo de cobertura que los propios miembros del Congreso. Y como alguien que presenció las discusiones de mi madre con las compañías aseguradoras mientras se encontraba en cama muriendo de cáncer, me aseguraré de que estas compañías no discriminen a los enfermos y a los más necesitados de atención.
Ha llegado el momento de ayudar a las familias, ofreciéndoles bajas médicas pagadas y mejorando la baja por motivos familiares, porque nadie en Estados Unidos debería tener que optar entre mantener un puesto de trabajo y cuidar a un hijo o a unos padres enfermos.
Ha llegado el momento de modificar las leyes que regulan la quiebra de las empresas, para que vuestras pensiones pasen por delante de las primas de los Consejeros Delegados, y ha llegado el momento de proteger la Seguridad Social para las generaciones del futuro.
Y ha llegado el momento de mantener la promesa de un mismo salario por un mismo trabajo, porque quiero que mis hijas tengan exactamente las mismas oportunidades que vuestros hijos.
Ahora bien, muchos de estos planes costarán dinero, y por eso he planteado ya cómo pagaré hasta el último céntimo – colmando lagunas legales en el ámbito empresarial y acabando con paraísos fiscales que no contribuyen al crecimiento de Estados Unidos. Pero también revisaré el presupuesto federal, partida por partida, eliminando programas que ya no funcionan y haciendo que los programas que necesitamos funcionen mejor y cuesten menos – porque no podemos hacer frente a los desafíos del siglo XXI con una burocracia del siglo XX.
Y, como Demócratas, también debemos admitir que mantener la promesa de Estados Unidos requerirá algo más que dinero. Requerirá un sentido renovado de responsabilidad por parte de cada uno de nosotros para recuperar lo que John F. Kennedy denominó nuestra “fuerza intelectual y moral”. En efecto, el Gobierno debe liderar la independencia energética, pero cada uno de nosotros debe contribuir, por su parte, para que nuestros hogares y empresas sean más eficientes. En efecto, debemos ofrecer más oportunidades a los jóvenes que se ven abocados al crimen y a la desesperación. Pero también debemos admitir que los programas, por sí solos, no pueden sustituir a los padres, que el Gobierno no puede apagar la televisión y decirle a un niño que haga sus deberes; que los padres deben asumir una mayor responsabilidad a la hora de ofrecer a sus hijos el amor y las pautas que éstos necesitan.
Responsabilidad individual y responsabilidad mutua – ésa es la esencia de la promesa americana.
Y del mismo modo que mantenemos nuestro compromiso frente a la próxima generación aquí en casa, debemos mantener el compromiso de Estados Unidos en el exterior. Si John McCain quiere debatir sobre quién tiene el temperamento y el criterio para convertirse en el próximo Comandante en Jefe, estoy dispuesto a mantener ese debate.
Porque mientras el Senador McCain dirigía su mirada hacia Irak pocos días después del 11 de septiembre, yo me opuse a esa guerra, consciente de que sólo serviría para distraer nuestra atención de las verdaderas amenazas a las que nos enfrentamos. Cuando John McCain dijo que en Afganistán podríamos “arreglárnoslas”, solicité más recursos y más tropas para terminar la lucha contra los terroristas que nos atacaron el 11 de septiembre, y dejé claro que debemos capturar a Osama Bin Laden y a sus lugartenientes cuando los encontremos. A John McCain le gusta afirmar que seguirá a Bin Laden hasta las mismas puertas del Infierno – pero ni siquiera está dispuesto a ir a la cueva en la que vive.
Y hoy, cuando mi llamamiento para establecer un plazo para la retirada de nuestras tropas de Irak ha encontrado eco en el Gobierno iraquí e incluso entre la Administración Bush, incluso después de que hayamos sabido que Irak tiene un superávit de 79.000 millones de dólares, mientras que nosotros estamos sumidos en el déficit, John McCain se ha quedado solo en su pertinaz rechazo a poner fin a una guerra equivocada.
Ése no es criterio que necesitamos. Eso no garantizará la seguridad de Estados Unidos. Necesitamos un Presidente que pueda hacer frente a las amenazas del futuro, en lugar de seguir aferrado a las ideas del pasado.
Ocupando Irak no derrotas a una red terrorista que opera en 80 países. No puedes proteger a Israel y disuadir a Irán simplemente con un discurso duro en Washington. No puedes defender realmente a Georgia cuando has generado tanta tensión con nuestros más antiguos aliados. Si John McCain quiere seguir los pasos de George Bush con más discursos duros y estrategias erróneas, es su opción, pero no es el cambio que necesitamos.
Somos el partido de Roosevelt. Somos el partido de Kennedy. Así que, que no me digan que los Demócratas no defenderán este país. Que no me digan que los Demócratas no garantizarán nuestra seguridad. La política exterior Bush-McCain ha desperdiciado el legado que generaciones de estadounidenses –Demócratas y Republicanos – han construido, y estamos aquí para recuperar ese legado.
Como Comandante en Jefe, nunca dudaré a la hora de defender esta nación, pero sólo pondré en peligro a nuestras tropas con una misión clara y asumiendo el compromiso sagrado de dotarles de los equipos que necesitan en el campo de batalla y de la atención y las prestación que merecen cuando regresan a casa.
Pondré fin a esta Guerra en Irak de manera responsable, y terminaré la lucha contra Al Qaeda y los Talibanes en Afganistán. Reestructuraré nuestro ejército para hacer frente a futuros conflictos. Pero también renovaré la diplomacia dura y directa capaz de prevenir que Irán consiga armas nucleares y de frenar la agresión rusa. Construiré nuevas alianzas para acabar con las amenazas del siglo XXI: el terrorismo y la proliferación nuclear; la pobreza y el genocidio; el cambio climático y las enfermedades. Y recuperaré nuestro prestigio moral, para que Estados Unidos se convierta de nuevo en la última y mejor esperanza de todos aquellos que trabajan por la libertad, que aspiran a una vida en paz y anhelan un futuro mejor.
Éstas son las políticas que desarrollaré. Y en las próximas semanas, espero poder debatir sobre las mismas con John McCain.
Pero lo que no haré es sugerir que el Senador utilice sus posturas con fines políticos. Porque una de las cosas que debemos cambiar en nuestra política es la idea de que las personas no pueden defender ideas diferentes sin poner en cuestión la personalidad y el patriotismo del otro.
La situación es demasiado grave, lo que está en juego es demasiado importante para seguir con estas reglas del juego partidistas. Así que pongámonos de acuerdo en que el patriotismo no tiene partido. Amo a este país, y vosotros también lo amáis, como lo ama John McCain. Los hombres y las mujeres que sirven en el campo de batalla pueden ser Demócratas o Republicanos, o independientes, pero han luchado juntos y han sido heridos juntos, algunos han muerto juntos bajo el orgullo de una misma bandera. No han servido a los Estados Unidos Rojos o a los Estados Unidos Azules – han servido a los Estados Unidos de América.
Así que tengo una noticia para usted, John McCain. Todos ponemos a nuestro país por delante.
Estados Unidos, nuestra tarea no será fácil. Los desafíos a los que nos enfrentamos exigen tomar decisiones duras, y tanto los Demócratas como los Republicanos tendrán que desechar las ideas y políticas superadas del pasado. Porque una parte de lo que se ha perdido en estos últimos ocho años no puede medirse simplemente en términos de reducción de salarios o mayor déficit comercial. Lo que también se ha perdido es nuestro sentido de meta común – nuestro sentido de una meta más elevada. Y eso es lo que tenemos que recuperar.
Puede que no nos pongamos de acuerdo sobre el aborto, pero seguro que podemos llegar a un acuerdo para reducir el número de embarazos no deseados en este país. La realidad de la posesión de armas puede ser diferente en el caso de los cazadores de las zonas rurales de Ohio y en el de la lacra de la violencia de bandas en Cleveland, pero que no me digan que no podemos respetar la Segunda Enmienda y a la vez evitar que un AK-47 llegue a manos de los criminales. Soy consciente de que existen diferencias de opinión en cuanto a los matrimonios entre personas del mismo sexo, pero estoy seguro de que podemos estar de acuerdo en que nuestros hermanos gays y nuestras hermanas lesbianas tienen derecho a visitar a la persona que aman en el hospital y a vivir una vida libre de discriminación. Si se trata de inmigración, el debate es apasionado, pero no conozco a nadie que resulte beneficiado cuando se separa a una madre de su bebé o a cuando un empresario recorta costes salariales contratando a trabajadores ilegales. Esto, también, forma parte de la promesa de Estados Unidos – la promesa de una democracia en la que podemos encontrar la fuerza y la inspiración para colmar brechas y estar unidos en un esfuerzo común.
Soy consciente de que algunos tachan estas convicciones de discurso vacío. Afirman que nuestra insistencia por lograr algo más amplio, algo más firme y más honesto en nuestra vida pública no es más que un Caballo de Troya para subir los impuestos y abandonar los valores tradicionales. Y cabe esperar esa actitud. Porque si no tienes ideas frescas, entonces recurres a tácticas trasnochadas para asustar a los votantes. Si no tienes una meta por la que luchar, entonces presentas a tu oponente como alguien por quien la gente no defería luchar.
Haces una gran elección sobre pequeñas cosas.
Y sabéis qué – ha funcionado en el pasado. Porque se alimenta del cinismo que todos tenemos hacia el Gobierno. Cuando Washington no funciona, todas sus promesas parecen vacías. Si tus esperanzas se han visto defraudadas una y otra vez, entonces es mejor dejar de tener esperanzas y acomodarse a lo que ya conoces.
Lo entiendo. Soy consciente de que no soy el candidato más probable para este cargo. No encajo en el pedigrí típico, y no he pasado toda mi carrera en los salones de Washington.
Pero estoy esta noche ante vosotros porque en todo el país algo se está moviendo.
Lo que los negativistas no entienden es que estas elecciones nunca han girado en torno a mí. Giran en torno a vosotros.
Durante 18 largos meses, os habéis levantado, uno a uno, y habéis dicho basta a la política del pasado. Entendéis que, en estas elecciones, el mayor riesgo consiste en intentar la misma política de siempre con los mismos actores y esperar un resultado diferente. Habéis demostrado lo que nos enseña la Historia, que en momentos determinantes como éste, el cambio que necesitamos no viene de Washington. El cambio debe ir a Washington. El cambio se produce porque los ciudadanos de Estados Unidos lo exigen – porque se levantan e insisten en la necesidad de nuevas ideas y de un nuevo liderazgo, una nueva política para un tiempo nuevo.
Estados Unidos, éste es uno de esos momentos.
Creo que, por muy duro que sea, el cambio que necesitamos está a punto de llegar. Porque lo he visto. Porque lo he vivido. Lo he visto en Illinois, donde ofrecimos asistencia sanitaria a más niños y conseguimos que más familias dejaran de vivir de subsidios sociales para empezar a trabajar. Lo he visto en Washington, donde trabajamos superando líneas partidistas para abrir el gobierno y exigir mayor responsabilidad a los grupos de presión, para mejorar la asistencia a nuestros veteranos y mantener las armas nucleares fuera del alcance de los terroristas.
Y lo he visto en esta campaña. En los jóvenes que han votado por primera vez y en aquellos que han vuelto a involucrarse después de mucho tiempo. En los Republicanos que nunca pensaron que algún día votarían Demócrata, y lo han hecho. Lo he visto en los trabajadores que prefieren recortar una hora de trabajo de su jornada en lugar de ver que sus amigos pierden su empleo, en los soldados que vuelven a enrolarse tras haber perdido una extremidad, en los buenos vecinos que acogen a un extraño cuando hay un huracán y se produce una inundación.
Nuestro país dispone de más riquezas que ninguna otra nación, pero no es eso lo que nos hace ricos. Tenemos el ejército más poderoso del mundo, pero no es eso lo que nos hace fuertes. Nuestras universidades y nuestra cultura son la envidia del mundo, pero no es eso lo que hace que el mundo se dirija a nuestras costas.
Es el espíritu de Estados Unidos – esa promesa de Estados Unidos – lo que nos impulsa hacia delante incluso cuando el camino es incierto; lo que nos une a pesar de nuestras diferencias; lo que hace que fijemos la mirada no en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ese lugar mejor tras el recodo del camino.
Esa promesa es nuestro patrimonio más valioso. Es una promesa que le hago a mis hijas cuando las arropo por la noche, y una promesa que les hacéis a vuestros hijos – una promesa que llevó a los inmigrantes a cruzar océanos y a los pioneros a viajar hacia el oeste; una promesa que llevó a los trabajadores a los piquetes y a las mujeres a luchar por el derecho al voto.
Y es esa promesa la que, hoy hace 45 años, llevó a ciudadanos de Estados Unidos de todos los rincones del país a reunirse en un parque de Washington, frente al monumento a Lincoln, para escuchar a un joven predicador de Georgia hablar de su sueño.
Los hombres y las mujeres que allí se reunieron podrían haber escuchado muchas cosas. Podrán haber escuchado palabras de ira y discordia. Les podrían haber dicho que sucumbieran al miedo y la frustración de tantos sueños aplazados.
Pero lo que escucharon, en cambio – personas de todas las creencias y colores, de todos los estratos – es que Estados Unidos, nuestro destino está inextricablemente unido. Que si estamos juntos, nuestros sueños pueden ser uno solo.
“No podemos avanzar solos”, gritó el predicador. “Y, mientras avanzamos, debemos asumir el compromiso de que siempre seguiremos avanzando. No podemos volver atrás”.
Estados Unidos no puede volver atrás. No cuando hay tanto por hacer. No cuando hay tantos niños a los que educar y tantos veteranos a los que cuidar. No con una economía que hay que arreglar y ciudades por reconstruir y granjas que salvar. No con tantas familias por proteger y tantas vidas que resolver. Estados Unidos, no podemos volver atrás. No podemos avanzar solos. En este momento, en estas elecciones, debemos comprometernos una vez más para avanzar hacia el futuro. Mantengamos esa promesa – esa promesa de Estados Unidos – y, como dicen las Escrituras, aferrarnos firmemente, sin flaquear, a la esperanza que confesamos.
Gracias, que Dios os bendiga, y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.
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