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21 Octubre 08
Muchas gracias Pepe, por tus palabras.
Estoy especialmente contenta de que hayas sido tú quien me ha presentado. Soy de las que pienso que es bueno emocionar; qué sería de la política sin las emociones. Es una suerte trabajar con quien se comparte la extraordinaria experiencia de haber convertido un sueño político en una realidad.
Algo, que como los dos sabemos bien, sólo se consigue con trabajo. Con trabajo intenso, metódico y constante.
Nuestro Secretario General dijo que me habías dejado el listón muy alto, y es verdad, mi ventaja es tenerte cerca cada día, compartir y aprender.
Gracias José Luis, por tu invitación. Debo confesar que fue hecha cuando todavía era Secretaria de Estado de Cooperación. Algo que te agradezco muy especialmente. Porque demuestra tu sensibilidad y la de este Foro hacia temas que son fundamentales, que son mucho más que una política de gobierno. Porque la política de solidaridad y cooperación es un indicador elemental, básico, ético, de decencia humana. Nuestra preocupación por la suerte, por la mala suerte, diría yo, de los demás, es nuestro compromiso.
Y hoy, reformulada tu invitación estoy aquí, en este desayuno, como Secretaria de Organización del PSOE, algo que me llena de orgullo.
Lo cierto es que me siento muy honrada desempeñando esta responsabilidad en el partido que defiende los valores en los que creo. Y me siento muy cómoda en la que considero desde siempre mi casa, mi familia socialista.
Mi historia de militancia en este Partido es larga, aunque no lo parezca.
He tenido el privilegio de representarle en distintas responsabilidades, y de todas he aprendido; y ahora quiero que esa experiencia se transforme en un servicio a la organización del partido, desde mi concepción de la política como un servicio a la sociedad, a los ciudadanos.
Quiero trabajar para mantener y mejorar la organización, sin perder de vista ni un instante que se trata de una organización cuyo sentido nace de la política. Y la política es especialmente importante en momentos como los actuales. En momentos de incertidumbre y dificultad.
Es ahora cuando quienes han denostado la política y a los políticos llaman a las puertas de los Estados pidiendo ayuda.
Es ahora cuando quienes han trabajado de manera incansable para anular el poder público, y no precisamente para dárselo a los ciudadanos sino para privatizarlo, piden fuertes liderazgos públicos.
Es ahora cuando a los mismos que cualquier poder público les parecía grueso y pesado, todo poder les parece pequeño, y toda ayuda insuficiente.
Por tanto, ahora es cuando necesitamos ser mejores políticos que nunca.
Es curioso, unas veces acusándola de prepotencia y otras de impotencia, los enemigos de la política siempre encuentran un motivo para seguir su combate contra ella. Incluso cuando es la política quien acude en su rescate. Será porque, como en el cuento de la rana y el escorpión, está en su naturaleza.
Se ha descrito la actual crisis como una crisis de desconfianza, ayer nos lo decía el Presidente. Se nos dice que hay que devolver la confianza a los mercados. Pero si nos preguntamos de qué desconfían los mercados, la respuesta que obtenemos es una paradoja: los mercados desconfían del mercado. No desconfían del Estado, sino de los propios mercados. Desconfían, en la medida en que saben que no han sido regulados más que por el egoísmo y la codicia, en muchas ocasiones.
Por eso, porque ahora se vuelven las miradas a la política, a lo público, es importante que la política responda con grandeza. Con el liderazgo que la sociedad necesita.
La crisis económica y financiera, la urgencia de las medidas que demanda la recuperación de la confianza en los mercados, y la respuesta al miedo real y legítimo de los ciudadanos debe ocuparnos, con responsabilidad, pero debemos al mismo tiempo abordar las causas.
Hay que hablar de modelos políticos y de sus consecuencias. Porque el liderazgo no consiste sólo en adoptar medidas, en resolver problemas, en arreglar destrozos… que por supuesto.
El liderazgo por el que merece la pena trabajar y arriesgar, y dar una y otra vez la batalla, mira mucho más lejos y pretende la proyección en el futuro de los objetivos comunes que se marcan. La altura de miras que tanta falta hace a algunos estos días.
Nosotros, los socialistas, mantenemos el liderazgo que nos otorgan la mayoría de los españoles y españolas con sus votos desde el 2004.
Nuestro liderazgo es nuestro proyecto político, porque nuestra fuerza está en el proyecto político. No en ocupar el poder, sino en transformar la realidad, que es algo bien distinto. Un proyecto que parte de una idea de entender el mundo desde España, y que hoy más que nunca está vigente.
Un modelo que parte de tres principios: rigor, coherencia y sensibilidad, y que aboga…
- Porque la riqueza esté al servicio del bienestar social y sea distribuida de forma eficaz y justa para crear una sociedad más cohesionada, algo para lo que es fundamental el Estado.
- que aboga por ejercer el poder desde el diálogo, de forma más transparente, más respetuosa con los ciudadanos y con las instituciones.
- Y por comprometer la política exterior de España con un orden mundial más trasparente, justo y eficaz, basado en la promoción de la Paz, la lucha contra la pobreza y la cooperación entre los pueblos.
Sin estos principios no se podría entender la acción del Gobierno.
Las medidas que se han ido tomando estos días son coherentes y sensibles con la gente más indefensa en los momentos de incertidumbre.
Y si hablamos de economía, no es necesario que hagamos nuevos análisis: la crisis económica se produce en el exterior, en el contexto de una economía-mundo de la que somos parte.
Y afecta al sector financiero, y a nuestro modelo económico, todavía demasiado dependiente de la construcción, con repercusiones en el empleo.
Los españoles son ya conscientes de esta realidad. A pesar del empeño de algunos, saben bien que las causas de allí tienen consecuencias aquí, y también saben que el sistema bancario español está en mejores condiciones que otros para afrontar la crisis, gracias a nuestro sistema de control.
Los españoles y españolas saben que su Gobierno ha tomado las riendas de la situación de forma consensuada con los países europeos, con los agentes económicos y sociales, y buscándolo también con las fuerzas políticas.
Ayer mismo vimos unirse en una gran mayoría a los principales partidos de nuestro país para convalidar en una votación en el Congreso los dos Decretos Leyes y medidas contra la crisis que aprobó la semana pasada el Gobierno, que tienen hoy un gran consenso político.
Medidas concretas para resolver las consecuencias de la crisis bancaria, que es fruto de un modelo económico muy determinado del que ahora contemplamos su fracaso.
El objetivo es reactivar la economía para seguir produciendo riqueza y empleo. El nuestro no es un plan de salvamento bancario, porque afortunadamente el sector bancario español no lo necesita. Son medidas preventivas, de activación económica y de restablecimiento de la confianza. Pensando en las empresas, en las familias y en los ciudadanos, como lo ha venido haciendo el Gobierno desde el principio.
En estos días en los que el Partido Popular insiste una y otra vez en el mismo mensaje, yo me pregunto: ¿No es ayudar a las familias tomar medidas que hagan bajar el IPC o el Euribor? ¿No es ayudar a las familias asegurar aún más los ahorros de los ciudadanos o poder prestar dinero a las empresas que generan empleo? La respuesta está muy clara.
Es más, a veces se nos olvida pero, desde el inicio de la legislatura estamos desarrollando una auténtica política de ayuda a las familias: las ayudas a las parejas con hijos; las medidas que posibilitan a los ciudadanos mejorar las condiciones de sus hipotecas; las viviendas protegidas, el acceso a los 200 euros de la ayuda de emancipación, las becas, las pensiones… Precisamente medidas a las que se ha opuesto una y otra vez el PP.
Los Presupuestos Generales del Estado que ha presentado el Gobierno comparten la misma idea. Propugnan un cambio de modelo económico, apostando por más I+D+i; por una modernización y una vertebración del país a partir de una apuesta clara por la inversión en las infraestructuras.
Por eso, es muy difícil de explicar a los ciudadanos que haya fuerzas políticas que quieran impedir a los gobiernos disponer de su mejor instrumento para abordar la crisis, los Presupuestos.
Es el momento de la unidad, debemos dejar a un lado los intereses partidistas y ponernos al lado de los ciudadanos.
Esa convicción nos llevó el sábado a tomar la decisión de que el partido socialista no será obstáculo para la aprobación de los presupuestos en aquellos ámbitos autonómicos y municipales donde estamos en la oposición.
Ahora bien, cuando el problema es global la solución solo puede venir de la acción global.
En el mundo en el que vivimos, interrelacionado, intercomunicado y por supuesto globalizado, ya no vale el sálvese quien pueda.
Individualmente, con acciones en solitario, no vamos a salir de ésta. Necesitamos nuevos sistemas internacionales de control para los organismos multilaterales y, por supuesto, el relanzamiento de la Unión Europea.
Debemos abordar los cambios del modelo internacional, al mismo tiempo que apostamos por un modelo económico para España más productivo, basado en la innovación y el desarrollo sostenible.
Pero en todo caso, los trabajadores deben saber que nuestro compromiso son las garantías sociales, los planes de recolocación, la formación y la creación de empleo y ¡¡ni hablar del despido libre!!. Porque en las conquistas sociales no podemos dar ni un paso atrás.
Amigos y amigas, que las soluciones que se han adoptado tengan un marcado acento social no es casual. Ni tampoco son fruto de la coyuntura. Nuestra respuesta ante la crisis es coherente con nuestra política, con el proyecto que venimos desarrollando en los últimos años.
Desde hace tiempo algunos venimos hablando de las consecuencias negativas que produciría una globalización sin gobierno, ni limites, ni reglas. Entonces parecía que predicábamos en el desierto, que era una visión residual. Hoy todos o casi todos estamos viviendo su repercusión negativa en nuestra vida cotidiana y aquellos que construyeron y defendieron el modelo toman medidas intervencionistas que siempre denostaron.
Recuerdo perfectamente una proposición no de ley que presentamos sobre transacciones financieras en el 2003. Entonces éramos oposición, pero ya decíamos que la globalización económica que permitía grandes fortunas especulativas no tenía suficientes controles y estaba campando a sus anchas.
Se estaba construyendo una globalización económica, que además de dejar en la cuneta a millones de personas no iba acompañada de una globalización política, de reglas del juego comunes, de mínimos derechos garantizados para todos por igual, de mecanismos de transparencia y control…
El modelo neoliberal, que hasta hoy se ha dado por bueno y que solo cuestionaba la izquierda, ha hecho crack delante de nuestras narices.
Los mismos que decíamos entonces que había que enfrentar los nuevos retos de la Globalización desde la acción coordinada y concertada, incluyendo las relaciones norte-sur, somos los que hoy decimos que es el momento de la política: de la política global.
La crisis nos ha mostrado dos modelos económicos: uno neoliberal, en el que la rentabilidad está por encima de todo, en beneficio solo de unos pocos, pero con riesgo de contaminación para todos. Un modelo que debería estar aprendiendo una dura lección de la calle: Solos no se llega a ningún sitio. Solos no se sale del agujero.
Sin embargo hay un modelo diferente, progresista, que debe emerger con más nitidez que nunca. Un modelo de responsabilidad económica de la globalización, capaz de crear estructuras políticas nuevas, a escala planetaria, que democratice, si me permiten la expresión, y haga más transparente el sistema económico y la distribución de sus beneficios. Un modelo responsable con la gestión económica, y que además de ser más justo es más eficaz.
Estos días hemos visto a líderes progresistas mundiales cuestionarse las reglas y la eficacia de las organizaciones financieras internacionales.
Soy de las que pienso que debemos profundizar. Debemos ir más allá, revisar quizás también otros sistemas y otras consecuencias de la falta de control financiero que puedan estar permitiendo el flujo de actividades ilícitas.
En cualquier caso una cosa está muy clara: esta crisis ha cambiado el mundo, por lo tanto no podemos permitir que cuando vuelva el ciclo económico alcista, nos olvidemos de lo que ha pasado.
Hay que ponerse manos a la obra para cambiar el sistema.
Y para ello necesitamos urgentemente relanzar un instrumento esencial, clave en el desarrollo que hemos vivido estos años y que está infrautilizado por falta, justamente, de liderazgo, de compromiso social: Europa. Europa es mucho más que una unión económica y financiera.
El único camino, tanto en la economía global como en la política global, es la acción coordinada, unánime y fuerte para respaldar al sistema financiero; para garantizar el funcionamiento de la economía, la salud de las empresas, el mantenimiento de los empleos y el ahorro de los ciudadanos.
Después de la crisis de la Constitución europea, hay que recuperar el liderazgo en la Unión. Y el Gobierno español esta en disposición de hacerlo. De hecho, en estos momentos ha promovido las medidas comunes adoptadas en Europa. Ha sido leal proponiendo en los foros europeos soluciones concertadas.
Lo que necesitamos no es sólo una unión económica que nos ha manifestado ya sus límites, queremos un determinado modelo de unión política. Los europeos no queremos perder nuestras señas de identidad: Estado de Bienestar e intervención garantista del Estado, en defensa de nuestros intereses. Este es el modelo que podemos y debemos exportar al mundo. Por lo tanto, lo que necesitamos es más Europa, pero más progresista: Unión económica, unión política, unión social y de derechos.
En unos meses tendremos unas elecciones al Parlamento Europeo que serán una magnífica ocasión de mantener un debate a nivel continental sobre estas cuestiones. Un debate que debería permitir visualizar qué fuerzas políticas apuestan por una Europa reforzada políticamente, con herramientas más eficaces para regular e impulsar nuestro desarrollo económico y social, y cuáles hablan de Europa con la boca pequeña porque prefieren una Unión anémica en lo político y en lo social, y por tanto, irrelevante en lo económico como gran potencia mundial.
Los socialistas queremos que los ciudadanos decidan qué tipo de Europa quieren. Ahora, más que nunca, es necesario abordar ese debate. Sería imperdonable no aprovechar la ocasión para lanzar un mensaje diciendo qué dirección queremos que tome el proyecto europeo.
Ya sabemos lo que ha puesto de manifiesto la actuación de la derecha en Europa: paralización, división y 65 horas semanales. Ahora le toca liderar a la izquierda: compromiso y fortalecimiento; para unirla, para activarla como un instrumento de desarrollo. Y para garantizar los derechos de todos los europeos y del estado del bienestar.
Una garantía que la izquierda asegura en Europa y en casa. Especialmente en casa.
Vamos a salir de esta crisis, y es posible que fortalecidos en algunos aspectos, por eso, al mismo tiempo, tenemos que seguir desarrollando nuestra agenda, porque nos ayudará a salir antes de la crisis. Antes y mejor de ella.
Necesitamos acabar el proyecto de desarrollo de la España Autonómica que comenzamos hace 4 años, para ser una verdadera sociedad del bienestar, para poder dirigir los recursos y la riqueza que garantiza la cohesión social, para avanzar en la justicia redistributiva y conseguir mayores cotas de calidad de vida para todos.
Porque para mí, que prácticamente desde que nací he vivido en la España autonómica, hablar de autonomías y de estatutos es hablar de convivencia, de servicios públicos, de riqueza lingüística y cultural.
La inmensa mayoría de los españoles se siente cómoda en esta España, que no cae en las derivas del centralismo alejado de los ciudadanos, ni en un regionalismo o nacionalismo mal entendido.
El PSOE lleva liderando este proceso desde hace treinta años, desde la responsabilidad de quien lo conoce bien y tiene un proyecto político de futuro para España. José Luis Rodríguez Zapatero lo dice a menudo. Somos el partido que más se parece a España, lo recordaba Pepe: es plural, le gusta el debate y comparte distintas identidades a partir de una premisa común: la libertad, la igualdad y la cohesión de la España constitucional y democrática.
Somos el único partido que tiene una amplia representación en todo el territorio. El PP en Cataluña y en Euskadi corre el peligro de quedarse como partido residual. Esto nos permite abordar las próximas elecciones gallegas y vascas con fortaleza, porque en Galicia los socialistas somos la garantía del progreso, y porque en Euskadi somos los únicos que pueden garantizar un Gobierno de todos y no contra nadie.
Nuestra fortaleza es, justamente, que nuestro proyecto puede defenderse en todo el territorio.
Tenemos, así se ha demostrado, el proyecto político capaz de conjugar los intereses de los territorios y convertirlos en interés general. Hemos demostrado nuestra capacidad de construir respuestas compartidas.
Nuestro verdadero éxito como país, la aspiración que tenemos como Partido, nuestro gran logro colectivo, será conseguir que un día sean más las fuerzas políticas que hayan interiorizado de verdad esta idea de la España plural, de la España autonómica.
En la pasada legislatura se afrontó una primera fase de actualización de los Estatutos de Autonomía, poniéndolos al día para que puedan dar respuesta a la demanda ciudadana de mejores servicios públicos de calidad.
Desde la premisa, compartida desde la etapa constituyente, de que se es más eficaz en la gestión de los servicios públicos cuanto más cerca se está del ciudadano.
Este principio sigue estando vigente. El PP no lo comprende, como no comprende a Cataluña, ni a Euskadi. Como no comprende a Navarra, ni a Galicia. Y esa mirada incompleta, y con cierta miopía, le hace incapaz de buscar soluciones. Lo hizo con la Justicia en la pasada legislatura, lo hizo también con la reforma de los Estatutos, hasta que no le quedó más remedio que ponerse a trabajar.
En esta lo están haciendo ya con el Tribunal Constitucional. Su falta de visión y de responsabilidad, sus incoherencias, se hacen patentes en cuanto se dejan un micrófono abierto.
Pero su cerrazón no nos puede paralizar. En esta legislatura debemos cerrar el ciclo reformista y culminar un nuevo diseño de la financiación autonómica y local, que sirva para dar satisfacción a las responsabilidades de las CCAA y los Ayuntamientos, en ejercicio de la autonomía política que consagra la Constitución.
Tenemos que ser conscientes de la necesidad de desarrollar planes de cooperación. Un instrumento que obligue, de alguna manera, a las Administraciones a conseguir objetivos comunes, cuando coexisten competencias. Hay que reforzar los instrumentos de solidaridad que garantizan los mismos derechos a todos los ciudadanos independientemente de su lugar de residencia.
Hay que hacer mucha pedagogía política para que los ciudadanos puedan entender por qué iniciativas tan importantes, tan transformadoras de la realidad como la Ley de dependencia, la ley de igualdad, la lucha contra la violencia de género, o la renta de emancipación, que son nuestra auténtica seña de identidad, no les llegan a sus casas, en determinados territorios, con la misma intensidad.
Tenemos que ser la voz de todos los que piden que sus Gobiernos autonómicos no se gasten los recursos en televisión y en propaganda y los pongan en los servicios públicos que tanto lo necesitan.
Los socialistas sabemos que para hacer realidad este proyecto necesitamos un Partido fuerte.
Ahora bien, no queremos un Partido para ganar. Queremos ganar porque tenemos un proyecto sólido, un partido unido, fuerte en su diversidad, activo socialmente y comprometido con los ciudadanos.
Y tengo claro que para que siga siendo respaldado por la mayoría de los españoles es necesario que el partido no baje la guardia. Que sea los ojos y los oídos de la gente. Que siga liderando los debates que plantea la sociedad.
Como decía el Presidente del Gobierno en su discurso de investidura, queremos una sociedad en la que todos seamos libremente diferentes como personas y radicalmente iguales como ciudadanos. Queremos dar un nuevo salto adelante en la modernización de España, que supere definitivamente los atrasos heredados del pasado y nos sitúe como uno de los países líderes del mundo desarrollado.
Tenemos el objetivo y la firme decisión de mantener en su integridad nuestros compromisos de política social. Nada ni nadie nos hará renunciar a esta dimensión social de nuestra política.
Si en la pasada legislatura pusimos los cimientos de una España con más derechos y servicios públicos, en ésta, además de garantizarlos con los recursos necesarios, hay que seguir perfeccionando el sistema, seguir profundizando en la modernización del país y conquistar nuevos derechos.
Como ven, ni nuestras respuestas, ni nuestras medidas, ni los presupuestos generales del Estado, ni el cuestionamiento de un modelo económico que hoy se ha roto en mil pedazos, ni nuestra actitud de llamada al consenso, es casual.
Forman parte de nuestra identidad. De la identidad de un proyecto riguroso, coherente y sensible que pisa con paso firme y que tiene claro que la crisis es una prioridad. Que nos debe preocupar y ocupar, pero que no puede ser una coartada para que nada cambie de verdad; una coartada que nos impida seguir desplegando nuestro proyecto político.
Ese que además, como decía antes, será el que nos ayude a salir de esta crisis, antes y más fortalecidos.
Comenzaba mi intervención diciendo que para transformar los sueños en realidad hace falta mucho trabajo. En política, además, ese trabajo debe ser colectivo. Los poderosos tienen muchos mecanismos de organización, formales, e informales.
En un tiempo en el que se ha reducido y privatizado el espacio público, en el que el centro comercial ha sustituido a la plaza y al parque como lugares de encuentro de los ciudadanos de a pie, los poderosos disponen de muchos espacios para encontrarse y deliberar sobre sus intereses.
Tampoco les faltan medios de ningún tipo para llevar a la práctica sus acuerdos.
La izquierda también tiene sus propios espacios de organización social y del debate público, que hoy ya no son sólo las fábricas, los talleres, y las universidades. No podemos ni queremos renunciar a ocupar también otros espacios como los de la sociedad del conocimiento, los de la economía, y por supuesto, los de la política con mayúsculas, los de la ideología.
Debemos ampliar los espacios públicos de deliberación y decisión democráticos porque ningún destino está escrito y por eso es imprescindible la política.
Al final, de eso se trata, de lograr que el bienestar y la libertad lleguen al mayor número de personas posible. A todos y a todas. No es fácil. Pero es posible. Y como es posible, estamos obligados a hacerlo. Gracias.

