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Madrileñas y madrileños;
Me corresponde pronunciar las últimas palabras en este acto que hemos pretendido que fuera tan sencillo como emotivo, sincero en el recuerdo y homenaje al pueblo de Madrid sublevado ante el intento de imposición de un gobierno extranjero por las armas, y contenido en el uso de palabras grandilocuentes.
Esta Plaza del Dos de Mayo es el mejor símbolo del Madrid de la convivencia entre la modernidad y la tradición. En este recinto urbano conviven los muros de una iglesia y de un colegio, el kiosco de la prensa, casas de vecinos, bares y restaurantes... y uno de los monumentos con mayor dimensión humana, y más enraizado en la emoción popular. El Arco de Monteleón defendido por Daoíz y Veiarde en una pina con los hombres y mujeres de Madrid, como siempre ha sido en las más nobles páginas de nuestra historia. Milagrosamente una invitación a disfrutar de la paz aunque conmemore la tragedia de la guerra.
Por eso hoy me siento tan cómodo en este escenario, a pie de calle, escuchando las palabras de un escritor de fuste y las de un gran alcalde de Madrid, envueltos todos en una música evocadora y en el bullicio natural de un día de fiesta que yo no pretendo alterar con un discurso político.
Estamos aquí para inventar una tradición que recupere el sentido popular de las fiestas del dos de mayo. Y estamos aquí, aunque algunos no lo entiendan, porque preferimos ir al lado de los que con nosotros van, y porque nadie puede monopolizar la representación de los madrileños.
Hace doscientos años en Europa pudo haberse impuesto a través de la razón y del conocimiento el gran mensaje universal, auténticamente revolucionario, de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
En España, muchas mentes ilustradas creyeron en ese discurso, pero se sintieron traicionados cuando desde el pais que lo había engendrado en lugar de embajadas de cultura llegaron soldados al servicio de una ¡dea imperial. El pueblo, siempre el pueblo, reivindicó su soberanía, se dio a luz una Constitución que se abría con la afirmación solemne de que la Nación no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona. Quienes creyeron de buena fe en aquel solemne compromiso tuvieron que pagar muy cara la defensa de aquellos principios democráticos, subvertidos muy pronto por esa media España reaccionaria y despótica que se niega a morir.
Hoy, Europa es un lugar de encuentro, un proyecto común, y recibimos como socio y amigo al máximo representante de la República Francesa.
Hoy, el flujo de las ideas de progreso es un camino de ¡da y vuelta en el que los españoles tenemos mucho que aportar porque somos uno de los mejores ejemplos de una democracia avanzada.
No ha sido un recorrido fácil, en una historia turbulenta. Por eso es tan necesario celebrar actos como el de hoy, este homenaje a los luchadores por la libertad, que queremos simbolizar en la figura de una muchacha, Manuela Malasaña, una trabajadora de Madrid, víctima de la brutalidad represora, de la irracionalidad de la
venganza ejercida impunemente desde el poder de un ejército momentáneamente victorioso.
En una línea de pensamiento que nos lleva a otro momento trágico de nuestra historia en el que el pueblo de Madrid dio ejemplo de resistencia en defensa de los valores democráticos, vamos a ofrecer a Manuela Malasaña un simple ramo con trece rosas.
Salud y felicidad para todos.

