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Congreso X Aniversario Cristianos Socialistas Vascos 2004

"Andar juntos" por Jordi López-Camps

A pesar de quienes piensen lo contrario, y sin disimulo alguno se comportan como si su parecer fuera el único posible, el diálogo entre cristianismo y socialismo, no es solamente posible sino necesario. Así lo han creído un grupo de personas, bien cristianos o socialistas, o ambas vivencias a la vez, reunidas a finales de noviembre del 2004 en Bilbao para debatir sobre cuales eran los puentes a tender entre el mundo cristiano y el socialismo.

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Hace diez años, buena parte de estas mismas personas se habían reunido por primera vez también en Bilbao para despertar esta reflexión en el seno del PSOE. En aquella ocasión el encuentro de ambos mundos, el cristiano y el socialista, tras varios años de continuados desencuentros o prolongados recelos, se propuso el ímprobo esfuerzo de tender puentes entre unas imaginarias orillas de la sociedad española. Durante estos diez años, el núcleo de personas impulsoras de este encuentro, especialmente Ramón Jáuregui y Carlos García de Andoin, entre otros, han recorrido medio país a fin de que el PSOE abordara con firmeza y valentía esta cuestión, sin la parsimonia habitualmente mostrada cada vez que alguien planteaba esta cuestión. Sin embargo, como el camino recorrido tras diez años no ha despejado algunas de las incertidumbres existentes entorno a estas cuestiones el grupo "Cristianos socialistas vascos-Zubiak Eraikiz" invitó a proseguir el debate dentro de las nuevas coordenadas abiertas por el nuevo entorno político creado por la vuelta del PSOE al gobierno de España en ocasión de conmemorar el 10º aniversario del primer encuentro. Al igual que diez años antes, los socialistas vascos tomaban la iniciativa de situar estos temas en el centro del debate político. La presencia de José Antonio Pastor, Secretario general del PSE-EE(PSOE) de Bizkaia, junto con las intervenciones del parlamentario socialista Eduardo Madina y de Patxi López Secretario General de los socialistas vascos, demostraron la importancia política de estas cuestiones.

Dónde nos encontramos

Diez años después, los puentes parecen no haber alcanzado las orillas intuidas. La voluntad de tender puentes ha debido soslayar diversas dificultades, las más notables han sido: los recelos y las desconfianzas sostenidas por ciertos sectores de la Iglesia y del partido socialista; o los climas de hostilidad y enfrentamiento alimentados recientemente por determinados grupos y movimientos eclesiales ante los cambios en el panorama político español. Esta situación ha mermado la posibilidad de ir más allá del debate del debate y adoptar una política hacia el mundo cristiano. Algunos de los participantes del encuentro de Bilbao, manifestaron la sensación de conversar de muchas cosas habladas; de pensar lo ya conocido sin avanzar en la exploración de nuevas cuestiones. Se tenía la sensación de revisitar ámbitos del pensamiento que deberían haber sido madurados creativamente por nuevos pensadores.

Pero algo ha cambiado en el panorama político general, especialmente si se toma la perspectiva de diez años atrás. En los últimos meses, la sociedad española vive sumergida en una aglomeración confusa de pronunciamientos hostiles a las decisiones gobierno socialista.

Para algunos sectores de la Iglesia, España ha pasado de ser un país de misión a convertirse en un plaza de martirio donde los cristianos están convocados a sufrir escarnios y padecimientos por sus creencias y convicciones. Algunos obispos españoles creen sinceramente que existe una campaña de hostigamiento y persecución hacia la Iglesia Católica. Varias voces significadas de ésta afirman vehemente sentirse acosados e importunados por el gobierno. Los mas atrevidos hablan incluso de cristofobia y del nacional-laicismo. El obispo García Gasco en una enérgica carta pastoral afirmó recientemente "desde el poder político se sienten con excesiva frecuencia la tentación de promover actitudes que persiguen intelectualmente y políticamente a los creyentes" . Una parte de la institución eclesial está prisionera de su miedo a la sociedad secularizada y laica. Ante la incapacidad de articular una voz nueva capaz de responder a los problemas de la sociedad moderna se hacen las víctimas de esta situación. No saben articular una voz nueva al mundo secular que no sea la actualización de la antigua cristiandad.

Según la peculiar visión de la realidad de algunos sectores eclesiales los males de la sociedad española son la ausencia de remisión a Dios cuando los gobernantes toman sus decisiones en los grandes temas que prefiguran el futuro de la sociedad española; creen que la identidad cristiana está marginada, cuando no perseguida. Como ejemplo citan algunas de las grandes cuestiones de la agenda política para descubrir los signos de esta ausencia: investigación con las células madre; la ampliación de los supuestos de aborto; el matrimonio no heterosexual; y el debate sobre la validez curricular de la religión. Queda por añadir el tema de la eutanasia el, aunque no figure en ningún plan de actuación política, algunos sectores de la Iglesia piensan que pronto entrará.

Por si fuera poco, algunas voces desde el Vaticano alientan el pronunciamiento institucional de algunos obispos. Aunque los entendidos afirman que, las disonancias vaticanas deben entenderse en clave de las cuitas propias de los escarceos entre monseñores por influir sobre la orientación de la Iglesia en el tramo final del pontificado de Juan Pablo II. Sobre la actitud ambigua del Vaticano fueron muy ilustrativas las observaciones aportadas por Stefano Ceccanti con sus contrapuntos entre la doctrina social de la Iglesia y la trascendencia moral de las decisiones del gobierno Zapatero.

Algunas voces eclesiásticas se hace la siguiente pregunta equivocada: ¿por qué el gobierno socialista actúa ahora de este modo? Fernando Sebastián lo tiene claro: los gobernantes de izquierda son anticlericales por esencia porque muestran una mentalidad revanchista hacia los vencedores de la guerra civil y se aprovechan de la actual debilidad espiritual de la institución eclesiástica. Algunos obispos no esconden su convencimiento de que existe un ataque organizado contra la Iglesia Católica a través de iniciativas parlamentarias interpretadas presuntamente lesivas contra el derecho a la vida o al sentido cristiano de la vida. El rigor de escrutinio mostrado ahora por una parte del episcopado contrasta con el buen entendimiento mostrado con el anterior gobierno. A tenor de lo manifestado por alguna parte de la Iglesia Católica, existe la certeza de que después del 14M se ha producido un cambio de escenario político que supuestamente incomoda los intereses de la Iglesia Católica y hace peligrar los logros alcanzados con el gobierno del PP. Algunos obispos temen perder ahora la buena posición de la formación religiosa en el currículo escolar.

Sin embargo, la realidad no es tal como la percibe o cuenta el obispo Sebastián en su explicación del porqué de la actual tensión entre la Iglesia y los socialista. Es verdad que dentro del PSOE, como en cualquier otro partido, incluso en la propia derecha política, existen actitudes poco simpáticas hacia las iglesias. Pero en ningún caso existe, tal como se afirma con vehemencia, la búsqueda deliberada del enfrentamiento con ninguna creencia religiosa, y de manera particular con la Iglesia Católica. Las opiniones de algunos obispos está contaminada por el fundamentalismo envolvente. Ante los buenos réditos políticos obtenidos por los neocon en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, los estrategas electorales, en su permanente búsqueda de mensajes diferenciadores y atractivos para aquellas franjas electorales que permiten ganar las elecciones, andan ávidos de alentar este tipo de pugnas por si ellas son útiles para sus propósitos. El secretario general del PP, Ángel Acebes, ha salido rápidamente a defender toda la Iglesia Católica ante lo que considera una campaña de hostigamiento por parte del gobierno socialista, "resulta –dijo– intolerable, injustificada, grave y absolutamente lamentable la estrategia del Gobierno y del PSOE de molestar a la Iglesia, de provocar y agredir a la Iglesia y a los católicos". Los movimientos neocon se muestran muy activos conscientes porque se saben, o así lo consideran, decisivos para segmentar los votos decisivos para una victoria electoral de la derecha. Sin embargo, alentar estas expectativas con discursos fundamentados en el hostigamiento al hecho religioso en búsqueda de réditos electoral en España puede ser muy peligroso pues en la memoria colectiva de los españoles existe el recuerdo de un cruel enfrentamiento civil en el cual la cuestión religiosa mantuvo un protagonismo muy activo. La cuestión religiosa nunca más puede ser motivo de un enfrentamiento político.

Las condiciones del encuentro deseable

El encuentro del mundo cristiano con el mundo socialista, términos empleados acertadamente por Imanol Zubero, quizás no sea únicamente para tender puentes sino para recorrer juntos el río de la vida. La imagen del río estuvo presente en varias intervenciones. Zubero se apoyó en ella para reforzar su propuesta de encuentro entre el pensamiento cristiano y socialista entorno a sus respectivas utopías. Para refrendar su propuesta utilizó una magnífica cita de Claudio Magris: "Utopía no significa olvidar a esas víctimas anónimas, a los millones de personas que perecieron a lo largo de los siglos a causas de violencias indecibles y que han sido sepultadas en el olvido, sin registro alguno en los Anales de la Historia Universal. El río de la Historia arrastra y sumerge a la pequeñas historias individuales, la ola del olvido las borra de la memoria del mundo".

Recorrer juntos, cristianos y socialistas, los caminos el río de la vida, es tejer la historia de la esperanza para quienes lo consideran casi todo perdido y son víctimas de la injusticia. Los caminos de encuentro surgen al descubrirse ambas tradiciones inmersas en el devenir cotidiano del río de la vida y ante la necesidad de responder a los nuevos rostros planteados por los problemas de siempre: las injusticias, las desigualda des sociales, la falta de libertades, las insolidaridades y los sufrimientos personales. Cambian las definiciones, los modos como se presentan, incluso se desplazan algunos protagonistas, pero los problemas tienen las mismas asonancias. Por ello, cristianos y socialistas, el mundo cristiano y el mudo socialista comparten utopías parecidas desde desencantos comunes.

La tradición cristiana se reclama heredera de un compromiso vivo frente al sufrimiento de la humanidad. Toni Comín, comentado las posibilidades de tender puentes entre el PSOE y el mundo cristiano, insistió que la salvación cristiana no pide una profunda confesión de fe sino una práctica constante de caridad, tal como narra el evangelista Mateo en su alegoría del juicio final (Mt 25).

Las disonancias entre un sector del mundo católico y el gobierno socialista es un reflejo de la tensión no resuelta entre una parte de la Iglesia y la Modernidad cuando aquella pensó que ante ésta el único camino posible era afirmarse como sociedad perfecta; en lugar de buscar puntos de encuentro se corroboraron las señas de identidad más encontradas aun cuando el concilio Vaticano II proclamó que la relación entre la Iglesia y el mundo no puede darse en clave de conflicto. Por más que el concilio Vaticano II quiso romper esta tensión, la revisión conciliar promovida por papado de Juan Pablo II ha recuperado las tensiones entre ambos mundos. De nuevo se pretende que los cristianos recelen de las bondades mundanas y se refugien en la Iglesia como única salvación posible.

La tensión actual entre cierto sector de la Iglesia y el mundo socialita no es ajena a esta nueva mirada del mundo asumida por los movimientos cristianos tras el concilio Vaticano II. El Concilio propuso abandonar toda pretensión eclesial de crear instituciones eclesiales de contrapoder social y político desde las cuales afirmar la única Verdad, y explorar otras formas de presencia en la sociedad fuera de la organización de los cristianos en instituciones confesionales. Mientras los movimientos de apostolado tradicional han evolucionado hacia el denominado cristianismo de mediación en las realidades del mundo, han surgido nuevos movimientos católicos que proponen un cristianismo de presencia. Los partidarios de esta última concepción quieren que la fe tenga una presencia clara y diáfana en el mundo a través de la militancia cristiana en las instituciones confesionales.

Los llamados movimientos de presencia son la base del nuevo fundamentalismo católico y propician una nueva restauración para adaptar a la realidad actual la vieja fórmula de la cristiandad. Estos movimientos Comunión y Liberación y Legionarios de Cristo, en un sentido, el Opus Dei y el movimiento Neocatecumenal parecen ser los referentes básicos de este empeño confesional de la Iglesia Católica española. Estos son los abanderados de la restauración de una nueva época de cristiandad a partir de la ocupación de la ciudad secular moderna para redimirla de una supuesta decadencia moral. Estos movimientos ven enemigos de la fe cristiana por todas partes y apelan, como única salida, el retorno a los orígenes y a las primeras identidades del cristianismo, lógicamente interpretadas por ellos. Cualquier gobernante, sea del signo que sea, tendrá enfrente unos movimientos cristianos neorestauracionistas deseosos de manipular la religiosidad popular para justificar la imposición de la cosmovisión católica por encima de las otras interpretaciones del mundo. De nuevo, estos movimientos quieren hacer de la verdad católica, por otra parte plural y heterogénea, como la única Verdad.

El diálogo posible

El mundo cristiano y el mundo socialista no siempre han tendido puentes de diálogo, ni han sabido explorar con acierto los momentos de conversación. En múltiples ocasiones, el diálogo quedaba oscurecido por apremios coyunturales o por rencillas y hostigamientos que, a modo de nuevas disputas, evocaban los enfrentamientos liberadores de una Modernidad que combatía en  nombre de la racionalidad frente al poder del Papa y la beligerancia política de su Estado Vaticano. La Iglesia y la Razón han compartido protagonismo en demasiados desencuentros. Pero ello no desalentó que numerosos cristianos y gentes de izquierda desde la propia lógica de la Modernidad intentaran establecer puentes de diálogo.

Gracias al esfuerzo intelectual de quienes abrieron el camino del encuentro, hoy el diálogo es una realidad y ambos mundos, cristianos y socialistas, perciben su existencia sin necesidad de negar, en primer lugar, la identidad contraria; y, en segundo lugar, perciben el mutuo enriquecimiento cuando se establecen palabras y lugares comunes entre ambas tradiciones.

Ambas tradiciones deben conversar con una nueva perspectiva. Se trata de asumir los avances habidos en los últimos años en el fértil encuentro entre cristianos y socialistas, especialmente cuando éste pasó de ser una cuestión moral a ser un tema de un relevante interés político, e incorporar aquellas cuestiones surgidas por las importantes transformaciones sociales de los últimos años.

Durante este tiempo la tradición socialista ha sufrido un importante proceso de revisión y reformulación. Han sido especialmente interesantes las aportaciones dadas en aquellos lugares donde el socialismo ha tenido responsabilidades de gobierno. Porque, a pesar de los múltiples compromisos derivados de las responsabilidades de gobierno, esta reflexión ha permitido no olvidar que el socialismo no deja de ser, sobretodo, una revuelta moral contra la injusticia que aspira a una nueva sociedad a partir del desarrollo de una fraternidad nueva. El socialismo, además de una buena gestión de los asuntos públicos, debe ofrecer a la sociedad pasión por la justicia. Situar el socialismo al margen de esta pasión es desarmarlo de su componente moral. En este punto, el encuentro entre el cristianismo y socialismo es inevitable.

La Iglesia Católica, y los cristianos en general, no pueden ignorar la aportación histórica del socialismo a favor de la racionalidad en el combate por la justicia, la libertad y la fraternidad. El socialismo, desde su acción de gobierno, ha permitido hacer historia de la solidaridad. Gracias al socialismo muchos cristianos han podido andar el camino de las Bienaventuranzas mientras el Magnificat se hacía diáfano a la razón moderna. Ninguno de los desmanes que se hayan podido hacer en nombre del socialismo anulan su carácter emancipador. El propio pecado original afecta también al socialismo. Gracias al encuentro con el socialismo muchos cristianos han encarnado su fe en la Historia, y han hecho de ésta la historia de la Salvación.

El socialismo no puede seguir siendo indiferente a las creencias de sus militantes y a la proyección que el hecho religioso tiene en la configuración de la sociedad moderna. Ramón Jáuregui señaló agudamente que la sociedad está preñada por símbolos y significaciones de profundo sentido cristiano. El calendario, con sus fiestas y celebraciones; el arte, en cualquiera de sus manifestaciones; las relaciones sociales; el lenguaje y cualquier de las múltiples expresiones humanas llevan en su seno motivos de sentido religioso. Díaz-Salazar, con su análisis sociológico, recordó que alrededor del 80% de los votantes al PSOE se declaran cristianos y el 46% son católicos practicantes. Ante esta realidad, el PSOE no puede ser indiferente al hecho religioso. No se trata de detenerse en la epidermis del fenómeno religioso, presumiendo de él como una manifestación cultural más a respetar y proteger pero sin afectación alguna. Todo lo contrario. El desafío es dejarse interpelar por la propia identidad cristiana y descubrir como en este diálogo de mundos se hace transparente lo mejor de la tradición socialista.

El diálogo es necesario porque vivimos en tiempos de otoño. Se trata de un diálogo renovado, porque ahora quienes deben recuperar la palabra son las instituciones. Años atrás, los puentes entre cristianos y socialistas, y en otro momento entre cristianos y marxistas, se tendieron entre personas buscando los caminos de la utopía; pero ahora el momento favorece el encuentro abierto y generoso del conjunto de realidades siguiendo la distinción de planos propuesto por Imanol Zubero. El diálogo, además de posible, es necesario porque se vive el fin de las utopías tal como fueron imaginadas años atrás; es el fin de una época y el alumbramiento de un tiempo de incertidumbres en una sociedad plenamente secular Por eso, porque estemos en tiempos de otoño hay que saber buscar rumores de primavera. El diálogo es fundamental porque ambas tradiciones comparten los mismos desafíos. Cristianos y socialistas corren un mismo riesgo: el peligro del olvido. Ambas tradiciones, una atrapada por las responsabilidades del gobierno y la otra desorientada por la ciudad secular, pueden olvidar las coincidencias en la singularidad de sus propias identidades: la compasión con quienes sufren. La solidaridad con el prójimo es un buen antídoto contra la indiferencia del individualismo tan afecta a los cristianos como a los socialistas. Los dos mundos, cristiano y socialista, deben dialogar para hacerse del todo creíbles a un Mundo totalmente distinto al que conocieron las respectivas tradiciones en su origen.

Laicidad incluyente

La sociedad española ha madurado políticamente. La religión ya no es necesaria para legitimar las opciones políticas; ni amplios sectores eclesiales tolerarían el uso partidario de la fe. La laicidad es fundamental para construir la civilidad en una sociedad plural y democrática. Admitir que España es hoy una sociedad aconfesional no significa ignorar que la religión sigue teniendo un gran poder simbólico para ordenar el comportamiento de las personas. La razón moderna no ha expulsado el sentimiento religioso del corazón de las personas.

El mundo socialista debe afirmar aun más su carácter laico en un entorno secular. Pero esta vocación laica no debe arrastrarle a mantener posiciones laicistas excluyentes. El laicismo propio de todo proyecto socialista debe ser incluyente con el conjunto de creencias y visiones del mundo favorables al advenimiento de una sociedad nueva libre de injusticias y opresiones. Sobre ello insistieron en sus intervenciones con ajustada precisión Fernando Vidal y Víctor Urrutia. En el documento conclusivo del encuentro se afirma con contundencia: "apostamos por un laicismo incluyente del hecho religioso, no excluyente. La religión no es un asunto privado, sino un hecho público con implicaciones políticas, que tiene todo el derecho a intervenir en la deliberación ética de nuestra sociedad".

El PSOE debe abandonar la idea liberal de la privacidad del hecho religioso y promover el diálogo activo con el mundo cristiano en general, del mismo modo que incluye en este encuentro todas aquellas creencias que comparten los mismos anhelos liberadores. La fe cristiana, como cualquier otra experiencia religiosa, no puede ser simplemente una cuestión tolerada porque se vive desde el silencio de la privacidad. Cualquier persona debe poder explicitar con naturalidad, sin ningún recelo, todos los motivos por los cuales participa del proyecto socialista común. Para los creyentes el partido no puede seguir exigiendo la disociación práctica del mundo público y de la vivencia privada. Los afiliados al partido socialista no deben retraerse de afirmar públicamente las motivaciones religiosas de su opción política. Sobre ello Ramón Jáuregui recordó unas recientes palabras suyas: "muchos de nuestros textos han defendido que la religión es asunto referido a la intimidad de las personas. Ésta es una idea incorrecta. Lo que pertenece a la intimidad es la fe, la creencia. Pero la religión es un hecho público. Las religiones están en nuestro paisaje urbano, en el calendario, en la forma de contar el tiempo y en el arte. Y eso requiere una sensibilidad. Eso es lo que reclamo en PSOE". Se trata de poder vivir la fe sin sobresaltos dentro de la propia militancia socialista porque aque lla, además de interesar a la fenomenología religiosa, es una vivencia.

Asumir la laicidad incluyente significa entender que la religión deja de ser un asunto privado y por ello, tal como insistió Díaz de Salazar, el socialismo debe aceptar que existe una aportación específica del cristianismo a la matriz ideológica del partido socialista. Ello significa aceptar, entre otras cosas, la función crítico-profética que ejercen los cristianos, desde fuera y desde dentro de las filas del socialismo, sin ver en ello la defensa de intereses particulares o acciones apologéticas de su creencia. El cristianismo tiene una dimensión profética irrenunciable, incluso si quienes mandan son los socialistas. Se trata pues de asumir de forma positiva la crítica-social de la fe al socialismo y asumir que, en más de una ocasión, los cristianos recordarán la dimensión moral de la política; la crítica a las nuevas idolatrías promovidas desde el propio ejercicio del poder o la pérdida de los horizontes utópicos bajo el exceso peso del pragmatismo asociado a la ética de la responsabilidad.

La laicidad incluyente relativiza la verdad de cualquier interpretación, introduce la parcialidad de cualquier análisis e invita a la modestia intelectual y a la duda sistemática. Reconocer estos valores a la laicidad no significa renunciar a la crítica fecunda desde diferentes puntos de vista y concepciones del mundo. La neutralidad de la laicidad socialista no comporta dejar de criticar a las iglesias cuando, en nombre de una lectura unilateral utilizan las creencias para confrontar políticamente la sociedad o alimentar fundamentalismos que anulan la libertad de las personas.

En otro sentido, la laicidad incluyente no es neutral tampoco en la defensa de aquellos valores éticos y humanistas que convocan al individuo a la solidaridad ante la pobreza, la injusticia o la exclusión social. La laicidad incluyente es un llamamiento dirigido a aquellas personas que creen, sea cual sea la fundamentación de esta creencia, que estos valores deben defenderse y enriquecerse incluso dentro del propio proceso de secularización de la sociedad.

Compartir valores

La lectura profético-sapiencial de los valores cristianos puede contribuir a recuperar el sentido de algunos de los grandes valores del socialismo. El socialismo es, ante todo, un compromiso moral frente a los múltiples rostros del sufrimiento resultante de las desigualdades e injusticias. El proyecto socialista articula un componente histórico sociológico, de la misma manera que hilvana una propuesta económica y política, ambas dimensiones muy útiles para enraizar la misericordia cristiana; pero es sobre todo una revuelta a favor del sufriente de la historia. La parábola cristiana del "Buen Samaritano", su compasión solidaria y realista ante quien padece, puede convocar al socialismo manifestar la misma compasión en su propia acción en la historia. Los cristianos socialistas reconocer "en muchas de las políticas del gobierno Zapatero un impulso moral".

El componente moral del socialismo es una extensión de la moral ilustrada fraguada a partir del desarrollo histórico de los valores revolucionarios de la libertad, la igualdad y la fraternidad. El socialismo es un clamor de rebeldía frente la injusticia. Esta dimensión moral del socialismo remite al valor cristiano de la compasión.

La recuperación de la credibilidad del socialismo como proyecto moral se conseguirá, además de tomarse otras iniciativas, gracias a la profundización de su encuentro dialogal con las creencias y tradiciones en cuyo origen se encuentra la encarnación histórica de la solidaridad. A partir del cristianismo el socialismo puede recuperar ciertas dimensiones olvidadas de la tradicional cultura política de izquierdas sin las cuales sus propuestas estarían poco cargadas de futuro. Acaso la ilusión del proyecto socialista es ajena a cuestiones de tan honda significación cristiana como son la compasión, el perdón, la solidaridad, la misericordia, el amor a los enemigos, la dimensión espiritual de la existencia y la apertura a unos valores trascendentes. Sin estos valores, y otros, es imposible construir una sociedad más humana. 

En el encuentro de Bilbao se destacó la importancia que puede desarrollar el cristianismo para impulsar el Diálogo de Civilizaciones capaz de frenar los fundamentalismos de cualquier signo.

De la misma manera el cristianismo puede fecundar el pensamiento socialista, aquel está necesitado de la comprensión de la historia que hace el socialismo. Sin la mediación propuesta por el pensamiento socialista el cristianismo quedaría a merced de interpretaciones idealistas carentes de cualquier proyección en la historia. El socialismo, como otra de las tantas mediaciones existentes, permite hacer operativos los valores cristianos a fin de hacer posible su oferta de salvación en la historia.

Política de partido

La intervención conclusiva de José Blanco realzó el valor que el PSOE dió al encuentro de Bilbao. El Secretario de organización del Partido Socialista destacó la voluntad de la dirección socialista de abordar el fenómeno religioso con otro talante. El complejo mundo cristiano debe ser asumido con respeto, interés y mentalidad abierta hacia los diferentes factores que entrelazan la realidad católica de España. Junto aspectos institucionales, a los cuales los distintos niveles de gobierno deben prestar la oportuna consideración, existen numerosos ámbitos, algunos mucho menos institucionalizados, en los cuales los valores cristianos son el impulso efectivo de muchas actuaciones sociales.

El PSOE debe dotarse de una política específica hacia el mundo católico porque la peor política es la supuesta neutralidad porque trasluce únicamente indiferencia. El PSOE, dijo Blanco, asume que muchas instituciones religiosas organizan una parte de la sociedad; difunden ideología y valores, y son decisivas en algunos ámbitos para construir una sociedad mejor en la misma perspectiva por la cual combaten políticamente los socialistas.

Las palabras de Blanco corroboraron el sentir de las participantes sobre la necesidad que el PSOE incorporara en una agenda política una mayor sensibilidad y atención hacia el mundo católico pues de lo contrario podría suceder que la intranquilidad latente actualmente en un sector de la Iglesia convierta la cuestión católica como un problema político. Se trata de reconocer que la construcción de la nueva sociedad no es patrimonio de ninguna cosmovisión particular y por ello, desde el socialismo, se convoca a quienes pueden sumar sus aportaciones para construir un sujeto histórico plural, sujeto de civilidad, basado en el respeto, la tolerancia y el diálogo. Y en este empeño se considera la importancia que tienen determinados valores cristianos en la definición de su patrimonio político; en la construcción de una nueva cultura cívica y en la formulación de una nueva moral política.

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