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La izquierda vive tiempos de crisis. Para encontrar una salida tendrá que echar mano de la pluralidad de tradiciones. Una de estas es la cristiana. Hay que decir, en honor de la verdad, que el PSOE inició el diálogo con los cristianos meses antes de que la crisis estallara con toda su gravedad. Bajo el lema 'cristianos y socialismo' tuvieron lugar tres encuentros impulsados por Ramón Jáuregui con la participación de Joaquín Almunia, José Borrell, José Bono, Raimon Obiols y destacados dirigentes de partidos socialistas de Gran Bretaña, Italia y Suecia.
Se trata de una novedad que tiene su explicación en una razón tan elemental como que, en las elecciones de 1996, el 82% de los votantes del PSOE se declaraban católicos y el 56% de sus militantes decía tener alguna creencia religiosa. Supone un abandono del viejo anticlericalismo. Sin embargo, la noticia está en el reencuentro con algo que había estado ahí desde el principio: la proximidad del cristianismo y del judaísmo en la izquierda europea. Naturalmente que siempre hay que hablar de un cierto cristianismo, pues el otro estaba en la acera de enfrente. Pero religiosa era la inspiración de los socialistas utópicos, como bien vio Marx. Judíos y cristianos animaron el austromarxismo y el llamado 'socialismo ético' de los neokantianos.
Es verdad que la historia española fue otra. El clericalismo oficial obligaba al anticlericalismo de la izquierda. Pero ni aún así pudieron acabar del todo con la presencia de cristianos. «Nosotros, a veces», decía el bueno de Fernando de los Ríos, «no somos católicos, no porque no seamos religiosos, sino porque queremos serlo más». ¿Tiene algún sentido algo tan insólito, en estos tiempos, como que a los cristianos de una formación política y simpatizantes se les haga un sitio dentro de la organización? Sería algo anacrónico y hasta peligroso que los cristianos pensaran organizarse en bando o corriente interna. Afortunadamente nadie está por esas. Basta que se les reconozca una voz que será tomada en consideración en función de la argumentación que aporten. Nada más lejano a estos cristianos como la corriente «socialcristiana» que se inventa un desafortunado documento interno socialista, sin duda para desacreditar a algún candidato rival en la carrera por la Secretaría general. La creación de ese espacio público supone, en cualquier caso, un doble compromiso. El PSOE se compromete a tomarse en serio las propuestas que se hagan y, los cristianos, a hacer propuestas. El reto es ver la capacidad de respuesta del uno y la capacidad de propuestas de los otros.
¿Qué pueden proponer de políticamente relevante? En primer lugar, la presencia de muchos de esos jóvenes en los lugares en los que están: ONGs, trabajo con marginales o experiencias con seres deshauciados por la sociedad. Ya no se trata de discutir, como en los 'cristianos por el socialismo' de los años setenta, sobre la relación entre marxismo y cristianismo. Ahora interesa más elaborar políticamente una experiencia más pegada a la realidad. Ese es el mejor capital de salida. Luego está el depósito de su propia tradición religiosa. Algo tendrá que significar la catolicidad del cristianismo a la hora de enjuiciar el tema de las fronteras y emigrantes; el discurso cristiano sobre la paz y la reconciliación, algo podrá decir sobre las guerras en las que nos involucran y sobre la violencia del País Vasco.
Religiones milenarias, como el judaísmo o el cristianismo, no pueden disimular un aire de «acontemporaneidad» (E. Bloch) respecto a nuestro tiempo. No son religiones modernas, no pueden ponerse demasiado a la moda. Vienen de lejos y obligan a quienes hoy forman parte de ellas a reflexionar sobre ese pasado. Alfonso Carlos Comín, comunista y cristiano, lo formulaba con gracia cuando decía de sí mismo que venía de tradiciones «en las que se había fusilado a grandes héroes y condenado a muchos santos». ¿Qué presente y qué futuro podría tener semejante pasado?.
Aunque lo que priva es estar 'à la page', puede que sea ese aparente despiste o 'acontemporaneidad' lo que valga la pena. En efecto, el recuerdo de un pasado tan lamentable obliga, de entrada, a no sobreestimar el papel de las religiones. Si, como dice el teólogo Metz, no hay una sola causa del hombre que el cristianismo no haya perseguido ¿cómo osar dar lecciones en humanidad? Nada tan contradictorio como que el cristiano, por ejemplo, monopolice los asuntos de moralidad. Pero con eso no está todo dicho. Del cristiano o del judío se puede decir lo que Adorno escribía de Kafka: «que veía las heridas del mundo como infernales, como privadas de redención». Las protestas contra las 'heridas del mundo', llámense hambres, guerras o torturas pueden tener muchos padres, pero en la escritura de Kafka la protesta tiene un tono luctuoso porque se ha privado al más pequeño de su deseo de felicidad. No es lo mismo luchar por un mundo mejor y contra la injusticia reinante que recoger en la memoria las causas pendientes y reconocerles, todavía hoy, su derecho a la felicidad. Las dos actitudes tienen implicaciones políticas. De la lucha por la libertad y contra la injusticia saldrá una política progresista que pondrá el acento en la mejora de las condiciones generales de la sociedad; del duelo, la atención al caso singular, la valoración del más pequeño atropello como una injusticia absoluta. La protesta contra un mundo irredento y hasta desesperanzado es la otra cara de la esperanza. A la esperanza no se opone la desesperanza sino la estoica resignación.
Estas religiones que vienen de lejos no traen, como Papa Noel, un zurrón lleno de promesas sino un recuento de atropellos, cometidos por ellas y por los demás, contra destinos individuales a los que se les reconoce un valor absoluto y el derecho a la felicidad. Estas creencias quedan lejos del quehacer político, pero hay que conceder que no es lo mismo hacer política asumiendo que el progreso propio tiene un costo para los demás, que imaginar otro tipo de política en el que el enriquecimiento de los unos no suponga el empobrecimiento de los otros. Todo depende de cómo valoremos eso que llamamos 'costo social': si como un peaje obligado o una condición inaceptable. De la crisis actual no se sale con un recetario sobre el mal funcionamiento de los hospitales, el deterioro de la enseñanza o la volatilidad de los mercados financieros. Lo que está en juego es un nuevo proyecto de sociedad. Tenemos que decidir entre la humanidad y el progreso, pues no es lo mismo colocar al progreso como meta de la humanidad que a la humanidad como objetivo del progreso. Para esa decisión es altamente recomendable la movilización de las energías no quemadas del cristianismo.
Reyes Mate

