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Intervención de José Blanco, secretario de Organización del PSOE, en el X aniversario de Cristianos Socialistas Vascos
Bilbao, 28 de noviembre de 2004
Buenos días a todos. Quiero comenzar agradeciendo a los organizadores de este acto la oportunidad que me dan de dirigirme a vosotros. Estamos en un acto de cristianos socialistas vascos. Y yo, que soy socialista y cristiano aunque no sea vasco, tomo esta invitación como una excelente ocasión para reflexionar en voz alta sobre problemas de ayer y de hoy que con demasiada frecuencia aparecen teñidos de prejuicios y de incomprensiones.
Han pasado ya setenta y tres años desde que don Manuel Azaña pronunció aquella memorable y polémica frase: España ha dejado de ser católica. La frase se pronunció en el curso del debate sobre la separación de la Iglesia y el Estado en la Constitución de la República. Azaña continuaba diciendo:
Para afirmar que España ha dejado de ser católica tenemos las mismas razones que para afirmar que España era católica en los siglos XVI y XVII.
Razones que no se referían al hecho indudable de que en nuestro país había y hay millones de creyentes, sino a la realidad, también indudable, de que en 1931 el catolicismo había dejado ya de ser la norma que inspira y rige el funcionamiento de la sociedad, la expresión y la guía de la cultura y del pensamiento. En definitiva, que España había dejado de ser una sociedad religiosa en el sentido en que lo fue durante muchos siglos.
Pero lo cierto es que en el momento histórico en que se pronunciaron aquellas palabras lo que se dio en llamar la cuestión religiosa estaba llena de aristas y de vindicaciones aplazadas durante siglos; era una de las manifestaciones más dolorosas del enfrentamiento entre las dos Españas. Por eso nuestro compañero Fernando de los Ríos pudo decir en el debate constituyente:
Llegamos a esta hora, nosotros, los heterodoxos españoles, con el alma lacerada y llena de desgarrones y de cicatrices profundas, porque viene así desde las honduras del siglo XVI; somos los herederos de los erasmistas, somos los hijos espirituales de aquellos cuya conciencia disidente individual fue estrangulada durante siglos.
Uno de los grandes logros de nuestra transición democrática fue resolver algunos de los problemas históricos de España, superando querellas que nos dividieron y atenazaron durante siglos. Hoy podemos tener discrepancias, pero en la sociedad española no existe ya una cuestión religiosa en el modo en que existía hace setenta años. Cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, convivimos en libertad sin que nadie sienta que sus creencias le separan de sus conciudadanos o le enfrentan a ellos.
Por eso cualquier intento de reabrir heridas, de crear divisiones o de sugerir persecuciones que nadie ve, está condenado a recibir no ya el rechazo, sino la indiferencia de una sociedad en la que el hecho religioso ha quedado completamente normalizado en todos los sentidos.
Hoy podemos invertir la frase de Azaña y decir con naturalidad que España sigue siendo católica por el simple motivo de que la mayoría de los españoles lo son; y que ese hecho indiscutible detiene sus efectos políticos en su misma formulación, porque el ser o no católico ha dejado de representar una opción ideológica en nuestro país.
Y eso lo podemos decir desde el Partido Socialista porque nunca, y ahora menos que nunca, ha existido contradicción entre el socialismo y el cristianismo.
No hay contradicción en el terreno de los principios y de los valores; de hecho, muchos de los que estáis hoy aquí habéis llegado al socialismo, a la defensa de una sociedad basada en la libertad y en la solidaridad, a partir de vuestros valores cristianos de amor al prójimo.
No existe contradicción en lo sociológico, por la sencilla razón de que cristianismo y socialismo tienen en común que ambos son mayoritarios en la sociedad española. Son millones los cristianos que votan socialista o incluso pertenecen a nuestro partido, de la misma forma que millones de votantes socialistas son y se sienten cristianos sin que ello les cree la menor dificultad intelectual o espiritual. Como dice nuestro compañero Félix Pons, si fuese incompatible el apoyo al socialismo y la condición de católico en España, tendrían que cerrar la mitad de las iglesias o tendría que cerrar el Partido Socialista.
También en este sentido el Partido Socialista es el partido que más se parece a España; su realidad orgánica y electoral es un reflejo de la pluralidad de creencias que existe en nuestra sociedad y de la libre convivencia de todas ellas. El PSOE, como el Estado español, es un partido que no opta por ninguna confesión y las respeta todas; y eso incluye a quienes no profesan ninguna.
Y no tiene por qué existir contradicción en lo político, porque la religión no es de derechas ni de izquierdas, porque en ningún evangelio está escrito que la fe cristiana conduzca a un pensamiento político conservador. Es más, algunos pensamos que si los Evangelios conducen a alguna idea política, es más bien a la que defiende la solidaridad de los más fuertes con los más débiles, la igualdad de derechos entre todos los seres humanos y la superación de todo lo que favorece el dominio de unos sobre otros.
Hoy tenemos en España un gobierno que se ha alineado decididamente con los que defienden la paz en el mundo. Tenemos un gobierno que promueve una gran alianza mundial contra el hambre, y un Presidente que ha ido a la Asamblea de las Naciones Unidas a hablar del diálogo entre culturas y civilizaciones. Un gobierno que ha aumentado y va a seguir aumentando las ayudas para la cooperación al desarrollo.
Y en el orden interno, tenemos desde la primavera un gobierno que ha subido las pensiones mínimas y el salario mínimo interprofesional, que ha aumentado también las becas, que ha tomado como prioridad el conseguir que todos puedan acceder a un empleo estable y a una vivienda digna. Un Gobierno que se ha propuesto acabar con la violencia criminal que sufren las mujeres.
Y con un Gobierno que actúa de este modo, los que aquí estamos reunidos y muchos españoles como nosotros, nos sentimos doblemente representados: como socialistas y como cristianos. Porque tanto las ideas socialistas como los valores cristianos están presentes y se pueden reconocer en una política como la que acabo de describir.
La izquierda ha cometido frecuentemente el error de querer confinar el hecho religioso al estricto ámbito de la conciencia personal. Es cierto que la fe religiosa es asunto de cada uno de nosotros y nadie tiene derecho a imponerla a quien no la tiene o quitársela a quien la tiene; pero si la fe es un hecho personal, es indudable que la religión es un hecho social; y también lo es que la Iglesia, las Iglesias, son un hecho institucional que los poderes públicos no pueden ignorar.
Estas tres dimensiones están magistralmente recogidas en el artículo 16 de nuestra Constitución. En primer lugar, se reconoce la libertad religiosa y de culto y se establece taxativamente que nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias. Ello, junto con la afirmación de que ninguna confesión tendrá carácter estatal, deja bien claro el carácter estrictamente individual de las creencias religiosas. Hoy vivimos el primer y único momento de la Historia de España en que puede hablarse de libertad religiosa plena; es decir, en que nadie se siente coaccionado por causa de la religión.
Pero a continuación el texto constitucional considera la dimensión social de la religión y obliga a los poderes públicos a tener en consideración las creencias religiosas de la sociedad española. Y para terminar, reconoce abiertamente la dimensión institucional y da un mandato a esos mismos poderes públicos para que mantengan relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.
Este artículo de la Constitución es el marco jurídico de referencia. Y tengo que decir que su contenido se ajusta por completo a la voluntad política y al programa del actual Gobierno socialista: garantizar y defender la libertad de los individuos en materia religiosa, tener en cuenta las creencias existentes en nuestra sociedad y cooperar con la Iglesia Católica y con las demás confesiones. Nada ni nadie nos separará de esta línea de actuación que, además de ser la que marca la Constitución, es la correcta y la que desea la mayoría.
Pero si es necesario que el Estado entienda que es obligatorio tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad y cooperar con su representación institucional, también lo es que todos entiendan y acepten lo que dice el artículo primero del Código Civil:
Las fuentes del ordenamiento jurídico español son la ley, la costumbre y los principios generales del derecho.
La ley, la costumbre y los principios generales del derecho. Lo que excluye a cualquier doctrina religiosa o de otra índole como fuente inspiradora del ordenamiento jurídico. Nadie puede pretender que las normas jurídicas, que a todos obligan, vengan dictadas por principios religiosos que sólo pueden vincular a quienes los profesan. La función del Estado como brazo secular que tantos servicios prestó a la Iglesia Católica en el pasado ha desaparecido para siempre, y más vale que todos asumamos lo que eso significa. Algunas declaraciones recientes parecen indicar que aún quedan rescoldos de nostalgia de otros tiempos.
El Gobierno socialista no sólo quiere mantener una relación correcta con la Iglesia Católica, sino que quiere, como dice la Constitución, cooperar con ella y hacerlo de la única forma que se puede cooperar, que es desde la lealtad mutua y el respeto a la tarea de cada uno. La primera exigencia de lealtad y respeto es actuar desde la verdad de las cosas. Discutamos todo lo que haga falta, pero hagámoslo sobre hechos ciertos y no sobre montajes. Sobre lo que cada uno dice y hace en la realidad y no sobre lo que se quiere hacer parecer. Entre otras cosas, porque la gente ya no se lo cree: no creen que el Gobierno sea un nido de rojos comecuras y tampoco creen que la Conferencia Episcopal sea un reducto de sotanosaurios añorantes de la Santa Inquisición.
Conviene, pues, evitar los maniqueísmos. Y también conviene no caer en la tentación de la agitación preventiva, que es aquella que se hace contra lo que todavía no ha ocurrido ni nadie ha dicho que vaya a ocurrir.
Por ejemplo, no se encontrará en el programa electoral del Partido Socialista, ni en el programa de investidura, ni en las declaraciones del Gobierno, mención alguna a la eutanasia. En realidad, nadie ha hablado de ese tema salvo quienes en su afán por hacer ruido están dispuestos a confundir una película de cine con un programa de gobierno.
Y también se hace mucho ruido preventivo sobre el aborto; un tema en el que la situación legal es a día de hoy la misma que ha existido durante los ocho años de gobierno de la derecha.
El Gobierno tiene un compromiso programático serio y firme en materia de derechos civiles. Me refiero a aquellos derechos que permiten a cada ciudadano gobernar su propia vida con arreglo a sus propios criterios éticos y morales. Por ejemplo, casarse con quien quiera o no casarse, o casarse y después descasarse. Eso lo hemos llevado a la Ley y a la inmensa mayoría de los españoles, que hace tiempo renunciaron a imponer sus ideas al prójimo, le ha parecido razonable.
Tenemos también un compromiso con un sistema educativo mixto, en el que la enseñanza pública y la privada convivan sin ventajas abusivas para ninguna de ellas; en el que el Estado siga ayudando a los centros concertados como hasta ahora lo ha hecho; y en el que quien lo desee pueda recibir formación religiosa sin que ello dé lugar a tratamientos académicos desiguales.
Estamos dispuestos a mantener y cumplir los acuerdos entre el Estado español y la Iglesia Católica, que entre otras cosas hacen que el Estado sufrague con los impuestos de todos los españoles la existencia de profesores de religión en todos los centros de enseñanza.
No sólo vamos a mantener y a cumplir los acuerdos con la Iglesia: vamos a tenderle la mano para dialogar y encontrar nuevos campos de cooperación. Vamos a hacerlo porque eso forma parte de nuestra interpretación del interés general; en este caso, el interés de muchos millones de ciudadanos que se sienten políticamente representados por su gobierno y representados en sus creencias por la Iglesia, y que no desean asistir a conflictos innecesarios dictados por el sectarismo de unos o de otros.
A cambio vamos a pedir lo mismo que ofrecemos: respeto a la verdad, respeto a las leyes, respeto a la tarea del otro y respeto a la voluntad de tolerancia y de convivencia de la sociedad española.
Y vamos a mantener nuestra condición de partido plural y abierto, un partido integrado por cristianos como los que estamos aquí y por no cristianos como otros muchos compañeros y compañeras con los que todos los días trabajamos codo a codo en la tarea común de lograr una sociedad más justa y solidaria; y, sobre todo en lugares como el País Vasco, codo a codo en la hermosa tarea de defender la paz y la libertad. Muchas gracias.

