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Carlos Amigo: «Pensar en la
religión como algo sólo privado es una
trampa»
El arzobispo de Sevilla
critica que la laicidad se entienda como la desaparición casi completa de
lo confesional del ámbito público
CÉSAR COCA/VITORIA
La libertad de expresión incluye también el derecho a
vivir la fe religiosa y manifestarla públicamente. El cardenal y arzobispo
de Sevilla, Carlos Amigo (Medina de Rioseco, Valladolid, 1934), niega
tajante que en las sociedades laicas la religión deba recluirse en el
ámbito de lo privado y critica lo que puede ser considerado como
«actitudes beligerantes para con la Iglesia» por parte de algunos agentes
sociales y políticos. Ayer pronunció una conferencia en Vitoria sobre uno
de los grandes problemas de hoy, 'Religión, cultura y aconfesionalidad',
dentro del ciclo 'El arte de vivir. El ser humano como arquitecto de su
vida', organizado por la Fundación Catedral Santa María. Horas antes de la
conferencia concedió una entrevista a este periódico.
-Su
conferencia trata sobre religión, cultura y aconfesionalidad. Da la
impresión de que la Iglesia española ahora se siente incómoda en este
Estado aconfesional...
-Surgen conflictos porque creo que no
tenemos las ideas claras sobre lo que es la laicidad del Estado. Muchas
veces se entiende no en el sentido de que el Estado es neutral, sino más
bien como una forma de que lo religioso no aparezca por ningún sitio. A
partir de ahí, la escuela debe ser laica, aunque la mayoría de los alumnos
profesen una religión; la política tiene que ser laica, aunque la mayor
parte de los ciudadanos e incluso las personas que pertenecen a un partido
sean fieles de una confesión. No se puede considerar a la religión como un
enemigo público. Eso lleva a una situación en la que uno no se puede
sentir cómodo porque se generan actitudes poco menos que beligerantes con
la Iglesia, lo cual no creo que desde ningún punto de vista sea positivo
para nadie.
-También habla de la cultura. ¿Por qué hoy apenas
existe la figura del intelectual católico, que tanta importancia tuvo
durante el siglo XX?
-Suele haber una queja un tanto generalizada,
en el sentido de que la Iglesia no tiene hombres de pensamiento. No es que
nos los haya, pero quizá no son los suficientes o no se les escucha, o no
se les hace caso. Desde luego, necesitamos pensadores, filósofos, gente
que nos ayude a aclarar los conceptos. Este aparente desinterés del mundo
intelectual por la religión viene también de una especie de descrédito, de
la idea de que un intelectual tiene que ser en este aspecto aséptico, que
no puede tener religión o un pensamiento sobre ella. Yo creo que lo que
nos interesa precisamente es que los hombres de pensamiento nos hablen y
nos ayuden. Y desde luego, también hay que decir que en la Iglesia
católica hemos sentido en algunos momentos la falta de auténticos
pensadores cristianos.
-En Europa, la religión se está retirando
del ámbito público y se centra en el privado. ¿Le parece un proceso
positivo?
-Es una trampa muy grande pensar que la religión es algo
totalmente privado. Además, éste es uno de los principios de ese laicismo
que le decía. Con frecuencia se plantea la idea de esta forma: libertad
religiosa, muy bien; pero de sacristía, de puertas para dentro, en la
interioridad de cada uno... Pues esto simplemente es la carcoma de la
religión, porque una persona tiene derecho a expresarse tal como es,
también en cuanto a su fe. Hablamos tanto de la libertad de expresión, y
parece que ésta es sólo para que se pueda decir algo, pero también lo es
para poder vivir de una manera y expresarlo, incluso en manifestaciones
religiosas públicas.
Influencia y
diálogo
-¿Teme que al irse retirando la
Iglesia de la vida pública deje de influir sobre la moral
occidental?
-La Iglesia no debe temer la pérdida de influencia.
Sólo debe temer la pérdida de su fidelidad al Evangelio. Desde luego, no
debe adaptarse a una situación simplemente para ser mejor aceptada. Tiene
que dialogar con la cultura, con las personas, pero debe ser fiel al
Evangelio, que está ahí para personas de cualquier cultura. La cultura no
solamente no es enemiga de la religión sino que, al contrario, en todas
las culturas hay elementos religiosos. Desde luego, cuando la fe auténtica
disminuye vienen ese montón de formas espúreas de religión: adivinadores,
tarot, magia, superstición... Cuando la religiosidad auténtica disminuye,
todo esto crece mucho porque el hombre no puede vivir sin una dimensión
más allá de lo sensible.
-Sin embargo, hay manifestaciones públicas
que, vistas desde fuera, parecen contener también no poco folclore.
¿Cuánto hay de religiosidad y cuanto de espectáculo en las masivas y
ruidosas procesiones de Sevilla, por ejemplo?
-Hay sobre todo
religión, y religión auténtica. Yo llevo 24 años en Sevilla, pero soy de
Medina de Rioseco, donde hay una religiosidad muy diferente. El Evangelio
es la letra, y la podemos cantar de distintas formas musicales, pero la
letras es la misma. A la misma hora, la Dolorosa de mi pueblo sale con un
silencio estremecedor y la Macarena, con varias bandas de música. La
letra, igual; la música, distinta. Desde luego, se equivoca completamente
aquel que cree que éstas son manifestaciones superficiales.
-Pero
luego, allí y aquí, muchas de esas personas que no se pierden una
procesión no van a misa...
-Claro, faltan cosas en lo que debe ser
la respuesta a las obligaciones cristianas. A mí me parece la suya una
religiosidad auténtica, aunque puede ser incompleta.
-¿Es mejor
una Iglesia con menos fieles pero más comprometidos?
-No me gusta
hablar de máximos y mínimos; me gusta hablar de personas. Es verdad que la
misa dominical es un síntoma y no se puede decir auténticamente cristiano
uno que no celebra el domingo. Hay muchas personas practicantes a las que
falta esta dimensión y desde luego eso de que es mejor que seamos pocos y
buenos que muchos y no tan buenos es simplificar excesivamente las cosas.
-A partir de su conocimiento y de su experiencia de varios años
como obispo de Tánger, ¿qué puede hacer la Iglesia en este momento de
enfrentamiento entre culturas con un componente religioso tan
notable?
-No vamos a decir qué debe hacer la Iglesia, mirando al
futuro, sino más bien ver lo que está haciendo: está presente en todos los
países, conviviendo con los musulmanes como hermanos y con un auténtico
diálogo. Otra cosa son grupos extremistas, los fundamentalismos, cuyo gran
problema es que no saben vivir con nadie, ni siquiera con los mismos
hombres y mujeres de su propia religión. Al margen de eso, la Iglesia
promueve encuentros de diálogo, facilita en su magisterio las actitudes
que debemos tener en estas relaciones y posiblemente sea no solamente la
institución que más se ha ocupado de este tema, sino en algunos aspectos
prácticamente la única.
-La convivencia parece estar en su peor
momento...
-No se trata sólo de convivir con las personas, sino de
quererlas como son. Y para ello hay que meterse en su piel. No sabe lo que
me duele que se hable de lucha entre cristianos y musulmanes. El camino es
el respeto, escuchar a los demás.
-¿Qué opina del caso de la
caricatura de Mahoma?
-¿Sabe usted lo que significa el nombre del
profeta para un musulmán? Cada vez que hablan del profeta, no olvidan
añadir 'cuyo nombre sea bendito'. Crispar a las personas, herir sus
sentimientos, no favorece la convivencia. La libertad de expresión no debe
ser el derecho a herir sentimientos de un grupo religioso. Aunque desde
luego la violencia es el peor camino para arreglar las cosas.
En nombre de
Dios
-¿Teme que aparezcan grupos
integristas católicos con actitudes violentas, como en otras
religiones?
-Miedo no. Gracias a Dios estos grupos son siempre
minoría y excepción.
-¿No resta credibilidad a la Iglesia que no
critique a Bush por utilizar el nombre de Dios para justificar sus ataques
a Irak?
-En más de una ocasión, obispos de EE UU y de otros países
han dicho que Dios no es una propiedad privada de nadie, y que Jesucristo
es el Dios de la paz. Si se leen los documentos de Juan Pablo II, se ve
que criticó la utilización del nombre de Dios. ¿Y Benedicto XVI? Ha dicho
muchas veces que el magisterio de Juan Pablo II es el que tenemos que
escuchar y seguir. No olvidemos tampoco que el inmediato colaborador de
Juan Pablo II, y más aún en estos temas, era el entonces cardenal
Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI. De manera que nada de eso es ajeno a su
pensamiento, ni muchísimo menos.
-¿Por qué la Iglesia no ha
capitalizado para ese papel de mediador en el diálogo el hecho de que Juan
Pablo II fuera el líder mundial que más levantó su voz contra la guerra de
Irak?
-Ni lo ha capitalizado ni debe hacerlo. La Iglesia no está
para presumir sino para servir. Lo importante es que las personas vivan en
paz. La Iglesia no busca su propio elogio, que se le reconozca. Busca
orientar e iluminar un poco las realidades de los hombres con la luz del
Evangelio.
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