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Carta de Navidad de Nicolás Castellanos: "Seguimos subidos en la utopía de Jesús"

"Deben saber los políticos y los laicismos excluyentes que la sola política no produce los valores que sostiene la misma democracia: responsabilidad, solidaridad, participación, libertad… Si al estado laico se le pide que cuide el teatro, el folclore, la música… ¿es mucho pedirle que preste atención a las tradiciones religiosas que, a pesar de sus ambigüedades históricas, tiene a sus espaldas todo un acerbo cultural y un movimiento de vida solidaria?"

17 Diciembre 11 - -

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La familia de “Hombres Nuevos” acude solícita al encuentro, cita y celebración de la Navidad. Y celebrar Navidad es acercarse a BELEN, símbolo, y al mismo tiempo, un lugar humano y teológico, en donde encontramos a Jesús, el hijo de Dios y el hijo del hombre, para ofrecernos alegría, esperanza, amor, paz, ganas de vivir con sentido, en busca de la VERDAD.

Y fuera de BELEN: Una noche oscura, con claros de luz: Crisis letal, pobreza multiplicada, el perfil femenino de la exclusión social, gente desilusionada, casi apocalíptica, el movimiento 15-M, buscando reducir las sombras y acelerar los levantes de la aurora de un mundo distinto y diferente.

No queda otra que mirar a BELEN, dejarse ganar por la UTOPÍA de lo que allí acontece: “Un niño, recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2, 12).

Bellamente expresado por Lope de Vega: "Enhorabuena vengáis al mundo, niño de perlas, que sin vuestra vista no hay hora buena".

Allí nos sorprende la sencillez luminosa de José, el bueno, y María, la sierva de Yahvé, ensimismada y contemplativa ante el misterio (Lc. 2, 19). Lección suprema de silencio interior y exterior, provocación a pensar, reflexionar, dejar a Dios orar en nosotros; no queda otra que buscar en serio y a fondo el sentido último, el alcance existencial y ontológico de la vida, vislumbrar horizontes, prospectiva de futuro desde la utopía, saciar la necesidad de hambre y sed de Trascendencia, en medio de este mundo convulso, de inclemencias humanas, sociales, eclesiales, sin dejarse seducir por la inmediatez del placer efímero, que se queda en promesa, a ras de tierra.

Tal vez intuimos, y a la postre, constatamos, que la razón, el pensamiento, la filosofía llega hasta dónde puede llegar, tiene sus límites ¿y luego qué? El vacío, el nihilismo, la sin razón, el escapismo en el trabajo para consumir, y volver a trabajar para consumir más. Y entonces en lo profundo, insatisfechos, saciados pero infelices. En la complejidad de la sociedad moderna, la razón, la filosofía no pueden dar todas las respuestas.

En los mismos límites de la razón, de la democracia está el tema de los valores, del sentido último de la vida, la hora de tomar decisiones en políticas sociales: casos actuales de bioética, investigaciones con células madres, interpretación de la sexualidad, eutanasia, aborto, enseñanza de la religión…

El filósofo alemán Habermas, autor nada sospechoso afirma: “La filosofía tiene razones para aprestarse a aprender de la religión”. Sigue afirmando este filósofo alemán rigurosamente racionalista, “que en la vida religiosa permanecen aportaciones de humanización y de vida nueva, porque acogen vidas hundidas, proyectos fracasados, miserias que proceden de vidas degradadas. La filosofía puede aprender no sólo por razones funcionales sino de contenido”.

Es bueno recordar aquí aquellas palabras de Bertolt Brecht: “Yo sostengo que el único objetivo de la ciencia es aliviar las desgracias de la humanidad”. C. Offe afirma que no ve otra salida a muchos problemas de nuestras sociedades más que en “una elevación de nivel moral”.

No basta la ingeniería social para resolver casos de soledad de los ancianos, de Sida, etc. ¿cuál es la motivación para dar ese salto moral? Las tradiciones religiosas son las que aportan esa sensibilidad y motivación para la solidaridad, generosidad, desprendimiento, gratuidad.

Deben saber los políticos y los laicismos excluyentes que la sola política no produce los valores que sostiene la misma democracia: responsabilidad, solidaridad, participación, libertad… Si al estado laico se le pide que cuide el teatro, el folclore, la música… ¿es mucho pedirle que preste atención a las tradiciones religiosas que, a pesar de sus ambigüedades históricas, tiene a sus espaldas todo un acerbo cultural y un movimiento de vida solidaria?

Esto se logra evitando el dogmatismo y el control de las conciencias. El estado neutral no ofrece visiones últimas, deja un vacío, y ahí la religión puede aportar algo con su sentido último y totalizante. ¿Qué tipo de hombre queremos para el futuro: mercantilista, consumidor, individualista sin sentido social? La religión tiene que ver con ese tipo de valores. Los valores no se generan desde la ingeniería política ni desde el funcionamiento del mercado. Eso se aprende en cosmovisiones humanitarias, en tradiciones ricas en valores.

Perder la religión supone una carencia muy importante para poder construir una ciudadanía responsable con corazón solidario. Nuestros responsables eclesiales serían los que más deberían saber de este potencial político ciudadano y los políticos no ignorarlo. Una laicidad, si es ilustrada y responsable, sabe que tiene una aliada en la Iglesia para forjar una democracia adulta y madura.

Es falso que el estado laico sea ateo o esté en contra de la religión. Esto sería una perversión de la laicidad. Otra cosa es el laicismo que llamamos excluyente, porque es beligerante, marginador y agresivo. Pero existen cuestiones fronterizas, que pueden crear conflicto, como pueden ser la clase de religión, el matrimonio, el aborto, el divorcio, la eutanasia, la homosexualidad.

No es tan fácil asegurar esa pretendida neutral metafísica religiosa; quieras o no, no es fácil obviar totalmente el tema de la religión, del sentido último. En las políticas sociales existen asuntos que tienen que ver con las cosmovisiones religiosas.

La Iglesia ya no tiene poder para intervenir en una sociedad democrática y pluralista, pero sí tiene muchas posibilidades en capacidad educativa, en valores, en cuestiones de sentido, de derechos humanos, de cuidado de la naturaleza, de la causa de la justicia, etc. Todo esto en el marco de la sociedad civil.

Es mucho lo que puede aportar con su sabiduría, presencia samaritana, experta en humanidad, lugar de acogida, de encuentro, de entrañamiento, desde la racionalidad. Apelar a la autoridad de la revelación es, sencillamente, equivocarse de tiempo y de lugar social.

Para leer la carta completa accede a este ENLACE de RELIGIÓN DIGITAL.

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