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La Vanguardia, 22 de febrero de 2010

Pensiones: la seguridad implica reformas

Artículo de Octavio Granado, secretario de Política Económica y Empleo del PSOE

22 Febrero 10

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Desde que se aprobó en 1995 el Pacto de Toledo, en el Congreso ha funcionado una Comisión de Seguimiento, que cada dos legislaturas ha elaborado un Informe sobre dicho Acuerdo, uno de los principales activos de nuestras pensiones, al garantizar una línea de continuidad, en vez de los cambios de rumbo que sufren otros sistemas, como el educativo o el sanitario. En esta ocasión, y por sendos mandatos de Congreso y Senado, el Gobierno de España ha sido requerido para que presentara una propuesta para las conclusiones parlamentarias, que inspirarán las modificaciones legales. El Presidente lo anunció el 3 de diciembre, y el Gobierno, siguiendo la petición parlamentaria, lo aprobó el 29 de enero.

El diagnóstico sobre la situación de nuestro sistema de pensiones parte de contenidos compartidos por todos los agentes sociales y políticos. La heterogeneidad de causas y soluciones que se proponen para analizar nuestro mercado de trabajo, por ejemplo, aquí no existe. Hay disparidad en alguna de las propuestas, pero el reconocimiento de los problemas, es común. De hecho, el documento del Gobierno contiene más de 60 medidas, de las cuales 50 sólo han sido objeto inicialmente de comentarios favorables casi unánimes.

¿Cuáles son los elementos centrales del diagnóstico?

1) Recibimos del franquismo una seguridad social que compensaba la escasez de las prestaciones con procedimientos generosos de reconocimiento. Ahora hemos mejorado las prestaciones y los mismos procedimientos provocan fuertes incrementos anuales del gasto. Generamos en la actualidad pensiones adecuadas, aunque todavía muchas son escasas, fruto de carreras intermitentes y de baja calidad que estamos mejorando con la revalorización de las pensiones mínimas.

2) Somos herederos de una política muy previsora, iniciada hace 25 años. Entonces, el Gobierno de Felipe González acometió firmemente la financiación de la sanidad y los servicios sociales con impuestos, permitiendo que las cotizaciones sociales se dedicaran a pensiones, incapacidad y desempleo. Gracias a esta política, la Seguridad Social, cuando culminó el proceso de desvinculación de la factura sanitaria, alcanzó superávit. Si hoy en día siguiéramos financiando la sanidad con cotizaciones (como Alemania o Francia), en vez de un Fondo de Reserva de 60.000 millones de euros tendríamos 60.000 millones de déficit. Y nunca habríamos podido poner en marcha la atención a la dependencia, las pensiones no contributivas, o las ayudas a la natalidad.

3) Durante este periodo hemos conseguido incorporar a las mujeres al mercado de trabajo, en una sociedad con menores discriminaciones y grandes crecimientos de la población activa. Hemos reducido el trabajo irregular de los inmigrantes, y aprovechado su aportación económica durante la fase de mayor crecimiento.

4) Pero sobre todo, nos hemos beneficiado de que durante los últimos 20 años el número de personas mayores que se han jubilado ha crecido muy moderadamente, ya que en el siglo pasado los años de la IIª República, la Guerra Civil y la inmediata postguerra fueron escasos en natalidad, y son esas las generaciones que han accedido ahora a la jubilación.

5) En el futuro, esta situación ventajosa va a invertirse, y España va a acusar un envejecimiento de la población que ha llegado más tarde, pero más deprisa. Somos el segundo país del mundo en esperanza de vida a partir de los 65 años, y dentro del colectivo, el número de personas con más de 90 años crecerá más que el de los mayores de 80, éste más que el de los mayores de 70, y el de 70 más que el de los mayores de 60. Los mayores seremos más en número y de mayor edad.

6) Por el contrario, la tasa de natalidad y fecundidad han descendido, acomodándose a los deseos de las familias a partir de 1977. No van a producirse incorporaciones al mercado de trabajo tan cuantiosos de mujeres ni de inmigrantes (las próximas décadas no van a ver crecimientos de cuatro millones de residentes extranjeros). Y la entrada en el mercado de trabajo va a retrasarse, fruto de la mayor formación cualificación y formación. Nuestros abuelos empezaron a trabajar a los 14, nuestros padres a los 18, y nuestros hijos lo hacen a los 24. Vivimos veinte años más, deseamos jubilarnos antes y los que han de pagarnos nuestra pensión serán menos.

Naturalmente, el incremento de la productividad, las vidas laborales más continuas, las mejores bases de cotización, la menor siniestralidad, la mayor productividad y la innovación tecnológica van a permitirnos vivir más años como jubilados y cobrar mayores pensiones. Pero nada puede hacernos escapar del envejecimiento, del hecho de que va a haber en términos relativos, menos gente joven y de edad media. Con una población sólo ligeramente superior, España en 2040 deberá pagar 15,3 millones de pensiones, y hoy pagamos 8,6 millones.

Como esta realidad nos incomoda, negarla es una tentación poderosa, aún a sabiendas de que descargamos el impacto en los más jóvenes y los pensionistas del futuro. Se clama por mayores impuestos, olvidando que lo principal que separa a los impuestos de las cotizaciones es que los primeros los pagan también los pensionistas. Y evitando reconocer que nuestra mayor edad nos exigirá mejoras sanitarias y de atención a la dependencia para los que también necesitaremos mayor gasto y financiación tributaria. Se prefiere imaginar crecimientos espectaculares del número de trabajadores y de los salarios, olvidando que esos mayores ingresos darán origen a un mayor número de pensionistas y de mejores pensiones. En fin, es muy tentador rehuir la responsabilidad porque nos asusta o no nos conviene.

También podemos hacer lo que debemos, justo lo que hemos venido haciendo los últimos 25 años.

Entre 1985 y 2002 el periodo de cómputo de las pensiones pasó de dos años a quince. Al comienzo hubo huelga general y profundos desentendimientos, al final hubo acuerdo y las pensiones no se resintieron. En 1997 se redujo por acuerdo el porcentaje asignado a la pensión para las carreras de menos de 20 años, pero hemos compensado con creces ese esfuerzo con los incrementos de pensiones mínimas a partir de 2004. En 2006 modificamos el sistema de gestión de la incapacidad temporal, y en 2009 hemos conseguido que nuestros procesos de bajas se situaran por debajo de la media europea. En 2007 definimos por acuerdo quince años efectivos como el tiempo mínimo de cotización para generar pensión, incorporamos los años trabajados al cálculo de las pensiones de incapacidad permanente, excluimos de las pensiones de viudedad a los divorciados que no recibieran rentas del fallecido, y retrasamos, dos meses por año, la jubilación parcial con contrato de relevo. Ninguna de estas reformas han producido los cataclismos sociales que se pronosticaron. Las pensiones han continuado creciendo, y el sistema ha consolidado sus cuentas y la seguridad que ofrece a cotizantes y pensionistas.

Hoy sólo podemos referirnos a las reformas del pasado con agradecimiento a quienes las acordaron, probablemente con el deseo de que hubieran sido más ambiciosas. Abominar de las reformas es desdecirnos de nuestra propia historia, de una senda afortunada que nos llevó entonces a dónde estamos ahora, y que ha de situarnos dentro de 25 años en la misma tranquilidad. Porque necesitamos además que los cambios importantes se apliquen durante periodos de tiempo dilatados, para evitar agravios comparativos que desincentiven a los actuales cotizantes, y sean aplicados con sentido común, respeto a las situaciones ya producidas, especial deferencia con las vidas laborales prolongadas y los trabajos más penosos, y corrigiendo efectos perversos que perjudican a los más vulnerables, en particular a los trabajadores despedidos.

El Gobierno ha planteado un conjunto de propuestas, algunas nada populares. Lo ha planteado por responsabilidad, rehuyendo el electoralismo, y negociará con flexibilidad. No rechazaremos de partida ninguna propuesta, discusión, ni alternativa. Y llegaremos a un buen acuerdo, porque nos jugamos mucho, y esta partida sólo se pierde si se pasa, y se gana sólo con compromiso.

 

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