El alcalde de Portugalete, Mikel Cabieces, visita
regularmente las lonjas juveniles para cerciorarse de su correcto funcionamiento
y establecer puentes de comunicación con las cuadrillas que las gestionan. EL
CORREO participó hace varios días en uno de estos encuentros y pudo comprobar la
buena aceptación de la iniciativa entre los inquilinos, cuyas edades oscilan
entre los 17 y los 31 años. La mayoría asegura tener más garantías desde que el
Ayuntamiento instauró, hace año y medio, la ordenanza reguladora de estos
locales. Los más lanzados aprovecharon el clima distendido de las reuniones para
acosar al regidor con sus demandas.
«La juventud necesita sitios donde
estar a su aire y la sociedad parece mirar a las lonjas; en lugar de poner
barreras a esta tendencia, creímos que lo justo era buscar un equilibrio que
salvaguarde los derechos de todos, chavales y vecinos», subrayó Cabieces. La
idea le llegó a través del e-mail de un joven al que le acababan de cerrar su
local. El correo electrónico le reprochaba que las nuevas generaciones carecen
de espacio libre en la calle y le recordaba que las lonjas podían ser una buena
solución.
Gestión «racional»
El alcalde cogió el
guante y encargó al área municipal de Drogodependencias una ordenanza que
facilitase una gestión «racional» de estos recintos. Los propios jóvenes
colaboraron en su confección. El documento fijó derechos y obligaciones como
disponer de baño, seguro o extintores. Tener una placa con el aforo máximo del
local o la prohibición de cocinar son otras de las normas exigidas. Desde
entonces el Ayuntamiento ha llegado a tener censadas hasta 60 lonjas, aunque en
la actualidad sólo quedan abiertas poco más de una veintena, ya que entre las
cuadrillas hay mucha movilidad.
Asier, Alfonso, Nacho y Richar fueron los
primeros en asumir la normativa, pionera en el País Vasco. Su cuadrilla tiene
una lonja en el barrio de Buenavista desde hace siete años. Para sobrevivir
tanto tiempo, los propios jóvenes comprendieron la necesidad de establecer sus
propias reglas y, desde un principio, redactaron unos estatutos «que controlan
hasta a quién le toca limpiar el baño».
Cada uno paga 20 euros al mes
para cubrir el alquiler, el seguro de responsabilidad civil y los gastos
menores. Son muy estrictos con eso. El que se hace el remolón abona tres euros
de multa por día de retraso. No obstante, a pesar de su lastrada economía, los
inquilinos del bajo no se privan de nada. Tienen dos televisiones, Play Station,
DVD... Hasta plataforma digital para ver partidos y películas de
pago.
Ahora ya no temen que el día menos pensado les cierren la lonja.
«Antes, con que un vecino nos denunciase, con razón o sin ella, estábamos
vendidos», reconoce Asier. La ordenanza les dio seguridad porque, entre otras
medidas, «incluye la mediación directa de técnicos municipales con la
comunidad».
El Ayuntamiento ha aprovechado la ocasión para promover una
actitud responsable entre los jóvenes e informarles sobre sexualidad y
prevención de drogas. Su intervención también ha permitido desterrar el mito de
que en las lonjas se venden sustancias estupefacientes o que son antros de
perversión sexual. «Al que 'trapichea' no le interesa estar controlado y, de lo
otro, aquí... ni jugamos a los médicos», aseguran entre
risas.