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Leire Pajín (Foto de archivo)
Leire Pajín (Foto de archivo)
Madrid, 18 de noviembre de 2008

Intervención de Leire Pajín en el Club Siglo XXI

Discurso de la secretaria de Organización
18/11/08
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*Texto sujeto a cambios de la oradora
(Embargada hasta las 20 h)

"Buenas noches a todos y a todas.
La primera vez que intervine en este Foro, en octubre de 2002, en aquel momento como responsable de la secretaría de Relaciones con las ONGs y Movimientos Sociales del PSOE, el título de mi conferencia fue “Aquí cabemos todos. Una Nueva forma de habitar el mundo”. Aquel día tuve el privilegio de que me presentara mi amiga, la escritora Dulce Chacón. Fue un día muy importante para mí y sus palabras fueron tan esperanzadoras que, desde entonces, me acompañan siempre.
Ella acababa diciendo que otro mundo es posible. Y para la intervención de hoy, en la que voy a hablar de la política con mayúsculas, cuando pensé en quien me podía presentar, inmediatamente se me vino Dulce a la cabeza. Y aquí está. Aquí está gracias a otro gran amigo, Jordi Dauder, un espléndido actor que ha querido ponerle voz a alguno de sus poemas.
Muchas gracias Jordi. Hoy vuelve a ser un día importante, y contar contigo, oírte decir las palabras de Dulce, es una forma de empezar con buen pie.

Señoras y señores, amigas y amigos,
Gracias a todos por acompañarme hoy. Gracias a los organizadores de este encuentro por darme la oportunidad de poder utilizar la voz y la palabra, gracias por permitirme exponer mis ideas y mi visión de la política y del mundo. Esta vez, como Secretaria de Organización del PSOE.


Política con mayúsculas para tiempos de crisis. He elegido este título a conciencia. Un concepto que he reiterado varias veces en las últimas semanas. La conciencia de mis señas de identidad. De lo que da sentido a mi vida y a mi trabajo: La política. La política con mayúsculas. La política al servicio de los ciudadanos.

La política entendida, como decía Felipe González en un artículo de prensa hace unos días, como el instrumento capaz de gobernar el espacio público compartido.

La política que asume la responsabilidad de regular la contradicción de los intereses individuales, propia de una sociedad libre, en la defensa de un interés superior, del interés común que nos trasciende a todos. De nuestro interés como colectivo. Como Sociedad.

La política que, desde un modelo progresista, se ocupa de que el ciudadano no esté solo, indefenso, a merced de las fuerzas exteriores y de los mercados. La política que moviliza los recursos públicos para garantizar a todos el ejercicio efectivo de nuestros derechos y nuestras libertades.

Hoy me siento muy orgullosa de mi país. Orgullosa de que ocupemos un sitio en el mundo.
Orgullosa de una España fuerte y madura, de una España capaz de entender un mundo extraordinariamente complejo, desde su propia experiencia histórica.

Me siento parte de una generación heredera de esa historia acelerada que ha vivido nuestro país y que es al mismo tiempo historia y presente. En los últimos 50 años hemos transitado el difícil camino de dejar atrás la pobreza y la emigración, para alcanzar, no sin esfuerzo la prosperidad que hoy anhelan los hombres y mujeres que llegan a nuestro país buscando un futuro mejor.

Hemos aprendido andando, trabajando duro y confiando en nuestras posibilidades. Ahora, muchos países nos miran con interés por ello.

Lo sé también desde mi experiencia como Secretaria de Estado de Cooperación, una oportunidad que me ha permitido descubrir cómo nos ven desde la perspectiva política e histórica el resto de países del mundo.

En este periodo tan decisivo que se abre para todos, es fundamental que empecemos por ser nosotros mismos los primeros en valorar el reconocimiento del peso económico y político que se hace de nuestro país en el mundo.

Nuestro proceso de modernización, -que se ha conseguido gracias al enorme esfuerzo de gobiernos de todos los colores- es un modelo de crecimiento y desarrollo económico y social que nos ha permitido mejorar nuestro bienestar, al tiempo que cohesionaba nuestro país reduciendo las desigualdades entre individuos y entre territorios.


Hoy podemos estar orgullosos también nuestra capacidad de interlocución privilegiada con tantos y tantos países del planeta. Un trabajo en política exterior que nos ha permitido ser respetados por las economías más desarrolladas y ser un referente positivo, y un aliado para aquellas economías en vías de desarrollo, nuestros países socios.

El contagio financiero de la actual crisis nos ha revelado una fortaleza de nuestro sistema que hasta ahora había pasado para muchos más desapercibida.
Se trata de la fortaleza de nuestro sistema financiero, un sistema que exigía a nuestros bancos y cajas más responsabilidad en la gestión de sus créditos que en ningún otro país del mundo.

Las provisiones anticíclicas y las garantías de los créditos, así como nuestro sistema de supervisión y control de los mercados es hoy, ante la crisis de origen financiero más compleja de nuestra historia, reconocido y valorado internacionalmente, y puede ser útil para encontrar un modelo posible de gobierno global del sistema financiero. La profesionalidad y el rigor de nuestros operadores bancarios también debe ser reconocida hoy como ejemplo de buenas prácticas a tener en cuenta.

En definitiva, todo lo que hemos sido capaces de construir y de avanzar juntos en democracia es nuestra mejor seña de identidad, cuya autoría nos pertenece a todos y a todas colectivamente, y que queremos compartir con los demás. Es lo que podemos poner al servicio de este mundo globalizado, en un momento en el que se reclama liderazgo y claridad de ideas.

Nuestros logros como país se sustentan en el conjunto de valores compartidos de la sociedad española.
Sin ellos no hubiera sido posible ser una sociedad diversa y abierta al mundo, tolerante, que cree y avanza en la igualdad entre hombres y mujeres, respetuosa con el ejercicio de la libertad del otro, comprometida con la suerte de los que menos tienen, y confiada, en definitiva, en su presente y su futuro.

Esos valores nos sitúan en la posición que hoy ocupa España en el mundo, por méritos propios, y que son ya el acervo común de los españoles. Unos valores a partir de los cuáles no sólo definimos y buscamos soluciones a los problemas de hoy y los asuntos domésticos. Sino que nos permiten proyectarnos en el mundo globalizado que queremos entender también como espacio común compartido.

Exigimos también políticas que además de abordar lo inmediato, se ocupen sin dilación de lo que es determinante para nuestro futuro.

Esto es, sencillamente: un orden internacional más justo, en el que el progreso de unos pocos no impida el derecho a desarrollarse del resto; un desarrollo económico sostenible, que garantice el futuro de todas las generaciones a través de la lucha decidida contra el cambio climático, y la erradicación de la crisis más endémica del mundo, la lucha contra la pobreza.

No sólo es posible sino que hoy el mundo está en condiciones de hacerlo. Nunca antes hubo tanto conocimiento ni tanto desarrollo; nunca el mundo produjo tanto como hoy.
Por eso es una obligación ética que los países asuman sus responsabilidades de una vez, para lograr el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Y el poder del voto de los ciudadanos, en los últimos días, nos ha demostrado una vez más, que si queremos, SI PODEMOS cambiar la realidad.

A estas alturas, todos tenemos un diagnóstico preciso de lo que ha pasado. Pero, además del diagnóstico, debemos centrarnos ahora en quienes están sufriendo las consecuencias. La burbuja financiera se ha desplomado. La burbuja inmobiliaria también. La economía financiera está en crisis. Y la economía productiva se ve arrastrada por ésta.

Las consecuencias de la actual crisis financiera internacional en nuestras economías y en el bienestar de los ciudadanos ya han sido hasta hoy demasiado altas.

Sin embargo soy de las que creo que, en términos de futuro, podrían repetirse, incluso ser aún mayores, si no asumimos la responsabilidad que tenemos de abordar también con rigor y con altura de miras las causas que la han originado.

Y entre ellas se encuentra la desconfianza del sistema en el propio sistema, aunque resulte paradójico. Relegado el Estado, desde la hegemonía ideológica de los neoconservadores, a ser un mero espectador en el mercado, fue el propio sistema quien permitió una arquitectura financiera más que cómoda para los excesos y los rincones sombríos.

Un arquitectura erigida para lograr la opacidad suficiente para que productos financieros contaminados, troceados y convenientemente empaquetados para seducir, circularan por el mundo con la etiqueta de “saludables”, generando altas expectativas de rentabilidad casi instantáneas que finalmente no estaban respaldadas por nadie, ni tenían relación alguna con la evolución real de la economía de las empresas o de las familias.

La codicia de algunos ha utilizado a los clientes para vender burdamente sus productos, sin pensar que en la banca, como en cualquier otra actividad, hay un código ético básico por el que no cabe obtener beneficios por el beneficio, si no que hay que obtener beneficio por el buen ejercicio profesional. En el caso de la banca buscar el interés de los depósitos, ahorros, y créditos de las personas, con nombre y apellidos que los compran.

Los organismos de control han fallado. No han visto venir el problema. Unos, por falta de competencia para intervenir mercados financieros que venían de otros ámbitos, o que simplemente, eran internacionales.
Otros, porque han carecido de instrumentos globales para intervenir un mundo globalizado. Todos porque estaban obsoletos y porque manejaban esquemas de control superados por la nueva era.

Por qué no decirlo claramente. El predominio de las políticas neoliberales y sus postulados en las principales economías del mundo propiciaron una globalización de los mercados financieros sin control alguno, hipotecas de alto riesgo concedidas sin más garantía que la expectativa insostenible de que seguiría subiendo el precio de la vivienda, así como la proliferación de productos financieros que como las “cajas-sorpresa” nadie sabía ya lo que contenían.

Pero cuando la burbuja ha explotado delante de nosotros como lo hace en las manos de un niño, hemos descubierto, algunos con incredulidad interesada, y otros con la decepción propia de la profecía que se cumple, que como en el cuento de Andersen “el rey iba desnudo”.

Como desnudos también han quedado los desmanes del propio sistema que hasta ahora habían permitido la codicia sin límites a costa del bienestar de la mayoría. Unos desmanes que hoy han generado una verdadera crisis de confianza con consecuencias dramáticas para nuestra economía real y por tanto, para el empleo y el bienestar de los ciudadanos de todo el planeta.

Es urgente tomar medidas sistémicas porque es injusto, además de peligroso, que permitiéramos, una vez más, que como consecuencia de la avaricia sin límites de unos pocos, acaben pagando los platos precisamente los que nunca fueron invitados a compartir los beneficios. Y no hubiéramos aprendido nada del error.

Aquella tarde del 2002 en este mismo foro a la que me refería al comienzo de mi intervención, recuerdo que compartía con ustedes mi preocupación por la situación del comercio internacional, por cómo la economía virtual del mundo financiero devoraba el mercado real, el mercado de productos, el que afecta a los países en desarrollo o en vías de desarrollo.

Desde entonces he seguido defendiendo la necesidad de regular los mercados internacionales con reglas justas que permitieran a todos una competencia leal que garantizara el desarrollo de todos los países. Unas tesis que hoy forman parte ya de las conclusiones de la Cumbre de Washington y que exigen el cumplimiento cuanto antes de los compromisos de la Ronda de Doha.


Este compromiso, junto la necesidad de abordar la crisis más endémica que es la pobreza y del hambre o la lucha contra el cambio climático han formado parte de la agenda de la socialdemocracia, y en concreto del Partido Socialista Español desde hace ya mucho tiempo.

Hace mucho tiempo que advertíamos de los riesgos que implicaba una globalización financiera que permitía grandes fortunas especulativas sin relación con la economía real, al tiempo que las exigencias de la ortodoxia neoliberal generaban más desigualdades económicas y sociales en todo el mundo.

En estos tiempos difíciles, soy de las que pienso que debemos ver este momento como una gran oportunidad. Tenemos una ocasión histórica de enmendar el error, de aprender de la situación y de proponer soluciones a corto, medio y largo plazo para que esto no vuelva a suceder.

El momento actual es también el momento de la política de la sociedad civil: política para y con la sociedad civil.

Es el momento de la participación activa de todos los agentes sociales que conformamos este complejo magma que es la globalización: ciudadanos responsables que ejerzan sus derechos, una comunidad científica y académica que se haga oír desde la seriedad, desde la serenidad y el rigor propios de la ciencia;
un mundo empresarial y financiero que recobre el sentido ético de la economía;
y unos políticos que ejerzan la representación del interés común desde el sentido del deber y recordando que el origen de todo poder es justamente el contrato social que los limita.

Esta coyuntura es la que yo entiendo como una gran oportunidad. Podemos llevar a cabo este trabajo colectivo reformulando las bases éticas en las que asentar nuestros modelos de convivencia a partir de dos premisas: la dignidad humana y los derechos de ciudadanía, y la primacía del interés general.

Las recetas ante la crisis deben aplicar también la ética a la economía y a la política. Paul Krugman, escribía hace unos días en el New York Times, una frase de Franklin Delano Roosevelt de total actualidad: “Siempre hemos sabido que el interés egoísta e irresponsable era malo desde el punto de vista moral; ahora sabemos que es malo desde el punto de vista económico”.

Ayudar a los más necesitados, aumentando las prestaciones de servicios públicos y mejorando su calidad de vida es, además de lo que debemos hacer desde la solidaridad, una forma tan eficaz de estímulo económico, como otras recetas posibles. Pero esto además de bueno económicamente lo es también socialmente.

Aprobar unos presupuestos que apuestan por las infraestructuras y que incrementen el gasto social, además de ser importante para quienes dependen de los servicios públicos (en sanidad, en educación, en atención social…), es una forma de evitar la perdida de puestos de trabajo, de facilitar la conversión para los sectores en crisis y de estimular la demanda.

En definitiva, abordar un programa de prioridades progresista no es sólo posible desde el punto de vista ético, es exactamente lo que necesita la economía.

Las tesis progresistas que abogan por una política fiscal en beneficio de las clases trabajadoras y medias, y de la economía productiva, así como por el incremento del gasto público necesario para reactivar la economía se han revelado en la Cumbre de Washington claramente como las recetas compartidas que creemos más eficaces para recuperar el crecimiento.

Y si esto es necesario a escala mundial, lo es también, desde luego, a escala española. Todas las decisiones que tomemos deben ir encaminadas a mejorar nuestra productividad. El valor añadido que le damos a nuestro trabajo. Nuestro objetivo tiene que ser trabajar más y mejor. Esta es la receta para salir de la crisis.

España está mejor preparada para afrontarlo. La apuesta del Gobierno socialista de los últimos 4 años ha sentado unas bases más sólidas para nuestro crecimiento.

Sus claves son: impulsar la modernización de España, tener las cuentas publicas más saneadas que nunca, priorizar el crecimiento sostenible con recursos energéticos más autónomos y limpios mediante energías renovables, y un sistema financiero sólido y garantista.

José Luis Rodríguez Zapatero ya lo ha dicho en los foros internacionales: “Este es un tiempo para políticas socialdemócratas, en el que la socialdemocracia va a demostrar su fortaleza ideológica y su capacidad de resolver y organizar mejor las sociedades, en beneficio de los ciudadanos”.

El Gobierno español ya se ha puesto manos a la obra aplicando socialdemocracia en cada una de sus decisiones. Socialdemocracia para liderar al país en tiempos de crisis.

Hemos reforzado a las familias, garantizando por un lado la política social y por otro, el apoyo a las empresas para recuperar el crecimiento y mantener el empleo.
Una política fiscal a favor de las clases medias es el objetivo de la deducción de los 400 euros del IRPF, de los 2.500 euros por nacimiento de hijo, del aplazamiento de la mitad del pago de la hipoteca para los parados o autónomos con dificultades, de la rebaja del impuesto de sociedades, o la aceleración de las devoluciones del IVA.

Hemos apostado por una política presupuestaria que garantice la inversión en infraestructuras, en I+d+i, y en vivienda. Porque ésta es la clave del futuro, el cambio de modelo que necesitamos.
Pero lo relevante es que el grueso de los presupuestos esta destinado a gasto social, el gasto que nos permite estar cerca de los que más lo necesitan, al mismo tiempo que reactivamos la economía a través de la inversión productiva.

Lo decía al comienzo de mi intervención. Es la hora de la política, del gobierno de los intereses de los ciudadanos en el espacio que compartimos, ya sea este local, nacional o global. También en los espacios interregionales en los que hemos decidido organizarnos, como la Unión Europea, cuyo origen, no lo olvidemos, fue crear un espacio donde las materias primas, el comercio y los servicios no fueran objeto, ni coartadas para la guerra….contra los europeos.

Es el momento de la solidez política, frente a la incertidumbre económica. Ahora hay que actuar desde la política, sin miedo. Debemos ser capaces de ordenar el sistema financiero y los flujos comerciales globales. En esta crisis, el cambio de modelo o es global o no se producirá. Por este motivo el Gobierno socialista ha puesto el énfasis en la coordinación de las medidas contra la crisis y ha trabajado para que las decisiones de los países de la eurozona vayan todas en una misma dirección.

La naturaleza global de la crisis que estamos viviendo exige que cada país haga sus deberes en casa, pero que se actúe coordinadamente en los mercados financieros: primero, para poder sacar al sistema de su colapso; segundo para dominar el miedo y generar confianza; y tercero, para sentar las bases de una nueva economía de mercado, mejor regulada, más transparente y más responsable.

Desde el pasado 4 de noviembre, ha renacido en el mundo la conciencia imprescindible para llevar este plan a cabo. Creemos, de nuevo, en la política, en la que nos devuelve a los ciudadanos la capacidad de decidir sobre nuestro futuro y sobre nuestra realidad. Desde el 4 de noviembre tenemos la sensación y la evidencia de que SI PODEMOS. Y la política es el instrumento.

El “si podemos” que ha dado la vuelta al mundo con la victoria de Obama, no es un sí podemos porque todo es posible, y como todo es posible todo cabe. Es un sí podemos desde la conciencia del cambio. Es el mismo, yes we can, si se me permite la osada comparación, que cantaban los Beattles,”…and make it better”.
Es la confianza en que podemos hacerlo mejor. El principio ético no es que todo lo posible sea bueno, es más bien que sólo merece la pena trabajar para que lo bueno para la mayoría sea posible finalmente.

Ahora que el mercado se ha mostrado peligrosamente vulnerable a sus propios excesos las miradas se vuelven hacia la política. Lo público se convierte entonces en el único anclaje que encuentran millones de ciudadanos en un mar de turbulencias.

No necesitamos ningún tipo de caudillismo populista y milagroso, que nos salve de nosotros mismos. Ese tipo de líderes son fruto del miedo y del cobarde abandono de la propia responsabilidad. Quienes desprecian de manera global y sistemática a todos los líderes políticos, muestran detrás de su desprecio, una fuerte incomprensión de lo que es y para lo que vale la política.

Yo hablo del liderazgo de las instituciones democráticas. Sin duda también del comportamiento y de la altura de miras de los líderes políticos. Hablo de volver a las raíces de la política clásica. La que tiene en su esencia el gobierno de espacio público.

Porque la gestión en sí misma, sin un proyecto político que la oriente, sólo busca remedios para lo inmediato, casi siempre desde la soberbia de creer que sólo existe una solución posible para las controversias, disfrazada casi siempre de la una “autoritas” de la técnica.
Pero la política es mucho más que eso. Su vocación es conciliar los diferentes intereses con perspectiva de futuro y con vocación de lograr el mayor consenso posible que garantice nuestro modelo de convivencia. Por eso, al final de toda decisión política casi siempre hay un acuerdo.

Hacer política es la vocación de cualquier socialista. Y este partido ha querido que asuma la responsabilidad de dirigir la Secretaría de Organización del Partido, en un momento histórico de cambio. Es un reto y una oportunidad apasionante para muchos de los que hoy estamos aquí, que hemos hecho de la militancia política, una parte esencial de nuestra vida.

Soy consciente del desafío que siempre supone dirigir una organización compleja como sin duda lo es un partido político. Máxime teniendo la responsabilidad de gobernar nuestro país en un momento de incertidumbre económica como el actual.
Pero soy de las que creo que es precisamente ahora cuando el papel del partido, tal y como los socialistas lo entendemos, tiene más sentido que nunca.

Un partido abierto a la sociedad y al servicio de las preocupaciones y las inquietudes de la ciudadanía es el mejor instrumento que tiene el gobierno para seguir muy de cerca las dificultades de los ciudadanos y poder dar respuestas desde la acción pública a sus necesidades reales.

Creo también que la acción política desde las instituciones, lejos de empequeñecer el trabajo del partido, ensancha nuestro camino para hacer y ejercer la política.

Porque no es bueno el poder sin sentido, sin el proyecto político que surge del debate democrático que se genera en los ámbitos de discusión de los partidos.
Pero tampoco tiene sentido el proyecto político sin las instituciones de gobierno que hacen posible el impulso legislativo y el desarrollo de políticas públicas que finalmente mejoran la vida de la gente.

Grandeza de la política, altura de miras y coherencia. Una forma de coherencia que no pierde el norte de los principios, por muy agitada que sea la tormenta. Conforme nos adentramos en la segunda legislatura descubrimos que la coyuntura es bien distinta a la primera.

Distintas circunstancias, distintos problemas, pero ninguno de ellos nos hará renunciar a gobernar el espacio común desde el proyecto político que concitó el apoyo mayoritario de los españoles hace tan sólo unos meses.

Acabo como empecé,
Dulce dijo aquel día de hace unos años, que confiaba en mi, porque las dos creíamos en el mismo sueño y trabajábamos por defender que otro mundo mejor es posible. Un mundo en el que el corazón y la razón han de caminar juntos.

Hoy lo sigo creyendo. Si cabe con más fuerza que nunca. Y seguiré trabajando para conseguirlo.

Donde quiera que esté, espero no defraudarla."
 


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