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28 Noviembre 05
En los últimos meses las principales instituciones y empresas españolas dedicadas al análisis de las tecnologías de la información y la sociedad del conocimiento han presentado sus informes sobre la situación en nuestro país. Ninguno de esos informes hace referencia a las diferencias entre hombres y mujeres, y no porque no se disponga de información actualizada. El Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es) publica anualmente desde 2002 una Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de la Información y la Comunicación en los Hogares españoles, en la que todos los datos relativos a acceso, frecuencia, tiempo de uso, tareas realizadas, compra por Internet, etc., están desagregados por sexo.
Con datos de Eurostat para 2004 publicados en esa misma página, sabemos que en la Unión Europea de 15 miembros, la diferencia de acceso entre hombres y mujeres es de diez puntos (46 por 100 de los hombres acceden a Internet desde su hogar, frente a 36 por 100 de las mujeres). Esta brecha se mantiene en casi todos los países, excepto en Finlandia (donde el acceso es igualitario y muy elevado, 63 por 100) y Suecia (con un porcentaje de población que accede a Internet muy elevado, 78/73, pero con cinco puntos de diferencia entre uno y otro sexo). España se sitúa en uno de los puestos de cola, con el 27 por 100 de las mujeres y el 36 por 100 de los hombres.
El tamaño de la brecha de género y el hecho de que afecte a casi todos los países europeos avanzados, serían suficientes como para considerarlo un problema al que tanto los poderes públicos como las empresas del sector, que ofrecen productos y servicios de Internet, deberían dedicar atención preferente. Si las mujeres somos más del 50 por 100 de la población y decidimos el 80 por 100 de las compras de los hogares, sería lógico encontrar algo más de preocupación acerca de los intereses y necesidades de un colectivo tan numeroso frente a la nueva sociedad de la información.
Se tiende a pensar que la tecnología es cosa de hombres. Las mujeres, por el contrario, son consideradas tecnofóbicas. Es un hecho que la historia de la tecnología es también la historia de la exclusión sistemática de las mujeres de estos ámbitos por medio de barreras formales e informales. Las cosas no han mejorado gran cosa en la actualidad. Aumenta la presencia de mujeres en las universidades, pero encuentran dificultades para acceder a los puestos de responsabilidad en los ámbitos profesionales científicos y tecnológicos (academias, fundaciones, cátedras, centros de investigación), especialmente en los puestos relevantes, en los que se toman las decisiones estratégicas y se controla el acceso a la profesión. Las barreras formales tienden a desaparecer, mientras que permanecen otras de carácter informal. Esta discriminación está relacionada con las distintas vías por las que hombres y mujeres acceden a la formación, que son una manifestación más de los hábitos patriarcales.
Si la sociedad de la información es una sociedad de personas, no sólo de tecnologías, la gran pregunta es ¿contribuyen las tecnologías a la inclusión de todos los ciudadanos o constituyen una nueva fuente de desigualdad? Muchas personas atribuyen a Internet algunos problemas sociales que nos parecen nuevos, como la soledad, el aislamiento o la discriminación, olvidando que lo que ocurre en Internet sólo es un reflejo de nuestras propias sociedades, de nosotros mismos. En Internet no se borran la desigualdad ni la discriminación, pero se manifiestan de otra manera. No dejamos de ser ricos o pobres, ni se borran las diferencias y las desigualdades entre mujeres u hombres, pero podemos luchar contra estos problemas con nuevas herramientas
Mientras que aumenta el número de usuarios de Internet en todo el mundo, aparecen nuevas formas de división digital (acceso a banda ancha; velocidad de las conexiones) que no son sólo tecnológicas sino sociales. Hay efectos transversales de exclusión digital que se mezclan con otras exclusiones. Esta problemática solo puede resolverse conectando las redes digitales y las redes sociales. Es decir, no basta con incrementar los puntos de acceso público a Internet o abaratar su uso. Crear una sociedad de la información para todos es un proceso mucho más complejo y más caro. Y no sólo requiere un esfuerzo de provisión de infraestructuras y puntos de acceso, sino que son necesarios muchos otros cambios. Las líneas de división digital están relacionadas con los conocimientos, con la cualificación, con la experiencia, con el bagaje cultural y lingüístico de las personas (no olvidemos que el idioma dominante es el ingles, pero cada vez tiene más importancia el chino, por encima del español).
Utilizar las tecnologías de la información (informática, Internet) cambia nuestra vida. Parece que hacemos las mismas cosas, pero las hacemos de otra manera. Disponemos de más información y necesitamos menos tiempo para cada cosa, pero hacemos más cosas y más complejas, por lo que al final utilizamos más tiempo y trabajamos más. No basta, sin embargo, con tener acceso al ordenador e Internet y saber, más o menos, utilizarlos. La sociedad de la información es también una sociedad del conocimiento. Es necesario disponer de formación y conocimientos suficientes como para sacarle partido. No podemos trabajar sin la herramienta, pero tampoco sin la formación.
Las mujeres se preguntan si Internet contribuirá a la desaparición del patriarcado. Para que Internet acabe con el patriarcado es importante que el acceso a Internet no tenga ese sesgo de género. No basta con que en las escuelas, las niñas accedan igual que los niños. Para democratizar más la red hay que cambiar la cultura del medio. Se trata de un desafío pedagógico, no sólo de alfabetización sino de contenidos. Por eso hay que feminizar la red, creando más portales dedicados a los intereses de las mujeres y a sus problemas específicos, así como integrar esos intereses en los portales generalistas.
Tomo prestado el título de una novela de Claudia Larraguíbel (Reir como ellos, 2004) como metáfora para reflejar las diferencias entre hombres y mujeres en el acceso a la sociedad del conocimiento y la información. La protagonista de la novela, una mujer joven trata por todos los medios de acceder al talento introduciéndose sucesivamente en entornos donde éste abunda en sus diferentes manifestaciones: creación artística, investigación científica, éxito en los negocios, docencia universitaria, diseño. Siempre encuentra la misma respuesta: es bien recibida, como un ser inocente y bondadoso al que basta ofrecerle las migajas del banquete del talento y, si acaso, utilizarla para dar buena imagen, como un objeto a enseñar. Pero nadie la toma en serio: no se le permite penetrar en los ámbitos donde se diseña y se crea y muchos menos se le permite participar en la toma de decisiones.
Pues eso, que las mujeres queremos participar en Internet, en la creación y en la toma de decisiones. Queremos reír (y si hace falta también llorar) como ellos.

