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05 Enero 06
Los esquemas ideológicos dominantes en la izquierda hasta el final de la Guerra Fría eran duros, pero claros e, incluso, cómodos. El socialismo, en alguna de sus formas, era la meta, el fascismo representaba el mal absoluto, el capitalismo liberal no constituía sino una etapa transitoria en la que hacer política, etc. Los criterios de pertenencia eran cristalinos, y casi siempre se podía decir inequívocamente que cualquier fenómeno económico, político o social (el intervencionismo estatal, la liberalización de los mercados, ...) era de izquierdas o de derechas, con diversas gradaciones.
¡Cuán diferentes son hoy las cosas! La derecha, tradicional defensora del “statu quo” y los privilegios, se cubre con la bandera del progreso y la innovación. La izquierda defiende el Estado del Bienestar diseñado hace sesenta años y sigue teniendo como “leit motiv” en sus programas la sanidad, la educación y los servicios sociales. Ambas han estado por suprimir el servicio militar obligatorio. Y así un largo etcétera. Ni la historia ni el futuro son ya lo que eran, hoy hay que pechar con la complejidad.
En ese contexto, ¿tiene sentido la pregunta que encabeza y titula este artículo? Probablemente no, pero mi propósito es razonar que, formulada así, tampoco lo hubiera tenido hace treinta años.
La revolución tecnológica que hizo pasar del hacha de piedra tallada al hacha de piedra pulimentada, ¿era de izquierdas o de derechas? ¿Tiene esta dicotomía ideológica, política y social algún sentido aplicada a la tecnología? En mi opinión, los objetos son políticamente neutrales y lo que los sitúa en el espectro político es quién los posee, como se usan, y para qué y para quien se usan.
Si definimos el término “tecnología” como un conjunto de instrumentos y técnicas que se usan armónicamente para la producción de bienes y servicios o, en general, para la resolución de problemas y desempeño de actividades, atribuir cualidades políticas a la tecnología implica atribuirlas a los instrumentos (máquinas, artefactos, lenguajes de programación...) o a las técnicas (conocimientos, habilidades, procedimientos...), o a ambos.
La máquina de vapor, el motor de explosión o la electricidad han servido para evitar duro esfuerzo físico a los trabajadores, y para desarrollar sociedades en las que éstos han alcanzado condiciones de vida mejores. Pero también han servido para hacer millonarios a unos cuantos. Todos los gobiernos y todos los partidos defienden la acumulación de capital (industrialización) y el avance tecnológico.
Pues bien, las Tecnologías de la Información, esto es, la informática, las telecomunicaciones, Internet, etc. no son diferentes en ese sentido. No cabe atribuirles ser de izquierdas o derechas. Como en toda tecnología, la cuestión es quién, cómo y para qué. Mediante el adecuado uso de buenas bases de datos se pueden mejorar los servicios, facilitar la transparencia de los mercados, o mejorar el control policial de la población.
En consecuencia, las Tecnologías de la Información, y en especial Internet, no han de evaluarse con una calificación política: izquierdas, derechas, progresista, conservadora, etc. Más bien han de verse bajo una nueva perspectiva: ¿representa más oportunidades o más amenazas para lo que defiende la izquierda? Porque lo bien cierto es que representa ambas cosas. Puede contribuir tanto a cerrar brechas económicas, sociales y culturales como a profundizarlas. Puede ayudar a la inclusión o a la exclusión. Puede contribuir a la democratización de la economía y hacer la globalización más humana, o puede ayudar a nuclear el poder económico en menos manos más poderosas.
Si vemos el desarrollo de Internet hasta nuestros días, parece que hay razones para el optimismo de izquierda. Ha sido un fenómeno protagonizado primero por científicos y tecnólogos y después por millones y millones de internautas que podrían representar al “pueblo”. Su motivo de crítica más usual es que sirve de vehículo para la circulación de basura, pero quizá la izquierda deba defender que hasta la basura tiene derecho a ser basura si no perjudica a nadie indefenso y no es delictiva, y que si está tolerada, los demás estamos algo más seguros de serlo también.
Los grandes poderes económicos contemplan el fenómeno de la Red con enormes recelos, y todavía no tienen claro cómo colocar sus orondos traseros sobre ella para devolverla al orden establecido. Pero están aprendiendo. Los periódicos digitales y blogs que nacieron más o menos espontáneamente se están nucleando amparados por grupos de poder que van de la derecha dura a la extrema derecha. La tecnología “peer to peer” está siendo progresivamente diabolizada y perseguida, o simplemente comprada. La idea de tener ficheros de registro de correos y operaciones se extiende. El intento de algunas empresas gigantes de avanzar en el control monopolístico u oligopolístico de aspectos fundamentales de Internet son constantes y bastante sagaces.
¿Qué debe proponer un partido de la izquierda respecto a Internet? ¿Qué política debe llevar un gobierno de izquierdas respecto a Internet? ¿Deben proponer y poner en marcha algún tipo de política activa, o es mejor dejar que las fuerzas sociales y los mecanismos del mercado determinen su futura deriva? Preguntas difíciles de responder, sin duda, pero no más allá de toda conjetura.
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